Aturdida por el primer rayo centelleante que entró por esta ventana, con las pupilas cubiertas por un tosco manto gris, con la garganta seca, la voz tomada y el pulso casi imperceptible: así me he levantado esta mañana; con los sueños rotos, y un día por delante del que no tengo mapa. Deambularé sin rumbo a la espera de que la brújula dorada retome el norte. Recorreré los límites de mi mente, exploraré esos lugares donde sólo mi alma llega cuando me abandona. Exhausta ante el solo hecho de pensarlo, negociaré con mi alter ego todas las posibilidades, todas las probabilidades que se presentan. Mientras tanto, mientras me decido a seguir, o a parar, mientras todas las ensoñaciones y divagaciones recorren cada uno de estos senderos que pueblan mi cabeza, daré otra vuelta en la cama. Me esconderé bajo las mantas y ahogaré los gritos de mi garganta contra esta almohada, que ahora, es mi única confidente. La cobardía de mis miembros transformada en desidia, en pereza; y este fino hilo de cordura, lo único, que me separa de la muerte que vive bajo mi cama. Ahora, en este instante, nada podría diferenciarme de una pequeña cucaracha, de un pequeño insecto en el que nadie repara. Podría ser ese gusano de mezcal que vive dentro de una botella, un pececillo que con cada vuelta dentro de su pecera redescubre un nuevo mundo. En momentos como este añoro tanto la falta de conciencia: daría lo que fuese por sufrir esta metamorfosis, vendería mi alma a cambio de arrancar el dolor de mi piel, de que mis sentimientos fuesen vetados.
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lunes, 9 de mayo de 2011
lunes, 18 de abril de 2011
El alma que se quedó atrapada en una muñeca
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fini
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1:54
sábado, 12 de marzo de 2011
Aire embotellado
Cuando me desperté esta mañana, nada presagiaba que este día sería recordado por nuestros descendientes. Se presentaba, a priori, como otro día cualquiera, triste y anodino, inmerso en el fin de semana. Rebusqué entre el montón de ropa sucia que se acumulaba en el sofá, y entre aquel montón de andrajos encontré un pantalón y una camiseta que estaban bastante pasables. Tras enfundarmelos, bajé corriendo a la cafetería de enfrente. No sabía porque seguían manteniendo ese nombre, siempre supuse que era cuestión de nostalgia y no que aquellos empobrecidos empresarios no eran capaces de renombrar sus negocios. Mi sitio estaba ocupado, me contrario un poco la idea de tener que esperar, pero Laura, con un ademán, me señalo que aquel cliente se iría pronto. Me acerqué a la barra, y pagué por adelantado los servicios que iba a recibir, cada vez era más insostenible la situación: la inflación tocaba techos jamás sospechados, y las continuas revoluciones en la Confederación de los Grandes, avocaban nuestro futuro a la decadencia total. Pero el vicio me superaba: había intentado todo lo posible cuando las restricciones del gobierno se habían aprobado, pero nada dio resultado. Sentada en aquel taburete mugriento, sentí como el sudor empapaba mi cuerpo, el temblor de las piernas, el decaimiento, el bombardeo de imágenes que se agolpaban en mi mente me devolvían a tiempos mejores. Laura me sujetó en el preciso instante en que estaba a punto de desfallecer, y me condujo en volandas hasta mi asiento. La sola visión de aquella máquina infernal, me arrancó una sonrisa.
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fini
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21:01
lunes, 3 de enero de 2011
Azul
Seara llegó,a casa, cansada. Tiró con los libros en la cama, y se dejó caer a su lado como si su cuerpo ya no tuviese vida. En su mente agitada, los pensamientos se peleaban por sobreponerse unos encima de otros: la tarea de matemáticas, la de física, el trabajo de literatura...pero antes aún debía de terminar de leer el libro trimestral.
Alicia descansaba en la última estantería de la librería, y se deslizó hasta caer en el escritorio, arrastrando consigo una fina capa de polvo que se convirtió en una inesperada nevada para los folios esparcidos por aquella mesa. Seara, asustada por el golpe seco que produjo el libro al caer, se levantó rápidamente a ver que sucedía. La novela permanecía balanceándose, en el filo de la madera, con sus brazos abiertos, intentando no caer hacia la nada. Seara lo salvó, justo cuando sus fuerzas comenzaban a flaquearle, y lo incierto del abismo era lo único que le deparaba el futuro. La niña lo levantó, y con la mirada siguió el párrafo que señalaba su dedo índice.
Entonces, azul, todo a su alrededor se tiñó de azul; una cascada azul se colaba por su ventana inundando todo a su paso, incluso ella también era azul. Los cristales que estallaban a su paso, se convirtieron al segundo en una fina lluvia azul que mojó sus zapatos, y que comenzó a deslizarse por debajo de su puerta, como un río que va hacia el mar...La habitación comenzó a dar vueltas, y vueltas, y vueltas hasta diluirse en un gran agujero de pequeñas pelotitas azules que no paraban de girar y que la atraían hacia él como si se tratase de un imán gigante. Seara sintió como el miedo corría por sus piernas, parecían dos postes atados al suelo, y por más que luchaba, hacía un buen rato que no le obedecían. Sin embargo, cuando estaba decidida a abandonarse a su suerte, una mano aparecida de la nada, asió la suya con fuerza, y la acompañó una voz que le susurró que no había peligro. Se prepararon para que aquel enorme torbellino los tragase, como si fuesen un pequeño aperitivo azul, y en aquel preciso instante en el que se miraron, los absorbió. Fueron dando trompicones contra las curvas azuladas de algodón, esparcidos y desintegrados en la más pequeña de las formas. Por momentos, las partículas de la cría formaban círculos elípticos alrededor del otro cuerpo, y luego, unidas sus formas se encontraba con diminutos puntitos que la atravesaban durante interminables minutos.
Una alarma antiincendios sonaba, a lo lejos, a través de la noche. Aquel chirriar despertó a Seara de su sueño; con los párpados a medio abrir intentó, en vano, que sus músculos también despertasen. Miró, de nuevo, todas aquellas fórmulas garabateadas en su libreta, y entonces, su mano, que hasta aquel momento, parecía inerte, agarró el lápiz y comenzó a despejar aquella incógnita que le faltaba por resolver. A punto de amanecer, Seara, suspiró aliviada.
Gracias, Everett, dijo mirando al cielo.
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fini
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0:46
viernes, 30 de julio de 2010
El aburrimiento y el alcohol.
Las lágrimas dieron paso a un desfile de alabanzas inmerecidas.
El buen gusto de los que aman, apaciguó los ánimos de los exaltados.
Finalmente, las gaviotas volverán.
Dicen que cien pasos más allá del fin del mundo, en un lugar físico del mundo inmaterial, se encuentra el Pozo sin fondo de las Ideas Rechazadas. Colmado de todo tipo de pensamientos inconexos, cada trescientos años debe ser vaciado. Las frases, que como lágrimas brotan del pozo, inundan con una especie de incomprensión salina el mundo que se extiende a sus pies.
Las horas se doblan, los días se comprimen, los meses perecen a sus pies.
El Diluvio dará paso a una nueva Era. Adorad a Cthulhu de R'Lyeh.
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Serch
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4:30
miércoles, 23 de junio de 2010
Las Letras de la Guerra o Mr Madul
La tormenta arreciaba en el corazón de Franz. Una a una, iba arrugando las hojas que escribía. Las arrojaba a la papelera con la maestría inconsciente con la que un jugador de baloncesto lanza un triple. Sin embargo, estaba decidido a sobreponerse a toda desesperación.
Era el día, hoy por fin escribiría algo.
El mejor escritor del mundo, que nunca había escrito nada, se sentía ahogado por un mar de dudas cada vez que su pluma rozaba el áspero papel. Las palabras, irónicamente, parecían hablarle de sí mismo en términos nada halagüeños. No podía mirarlas. Cada nueva letra, un nuevo enemigo.
"Está bien, si no puedo miraros, escribiré sin mirar". Decía palabras a palabras que no le oían, mientras apretaba los ojos con expresión de pesadez abdominal. Su mano apuró unas cinco líneas que por su inclinación, bien podrían desafiar a todo el pelotón del Tour. Nada mal, para haberlo escrito a ciegas.
Entreabrió un ojo para ver lo que había escrito. "Nada" - observó sobresaltado. Allí descansaba desafiante y limpio el papel blanco. Lo miró con aspereza - "Un papel áspero sí, ya me lo advirtió Damien. Sí, dijo: este es un papel demasiado ásp...." - Mientras realizaba tan certera observación, vio por el rabillo del ojo que algo se movía sobre la mesa. - "¡Mon Dieu!" - Las cinco líneas de texto que habían desaparecido estaban reorganizándose fuera del papel y le mandaban a Franz todo tipo de improperios a cerca de su forma de escribir.
Por un momento no dio crédito a lo que veía. Se quedó absorto mirando el curioso vaivén de aquéllas pequeñas hormigas aletradas, los curiosos insultos que recibía, el circo absurdo que había brotado de la tinta de su pluma.
Las letras parecían cada vez más agitadas. Una B mayúscula, usando una D como arco, le lanzó una I a la cara a Franz. El impacto sobre los gruesos cristales de sus gafas los despertó. "¡Aaaaaaah! - Un sonoro golpetazo, como golpear a un árbol hueco con un hueso, sucedió a la pérdida de verticalidad de la silla. Las gafas de Franz salieron volando. El cegato, apalpando el terreno, al fin encontró las maltrechas lentes. Varias letras se habían reunido y parecían blandir la pluma de Franz sobre Señor Áspero. Habían dibujado toda una suerte de artilugios de guerra, y unas mayúsculas de considerable tamaño parecían blandir espadas de tinta y caminar hacia él.
"¡Aviones!" - lo bombardeaban desde el techo. Con una mezcla de pánico e instinto de supervivencia, giró sobre sus talones con intención de salir disparado de allí. "¡¿Rodeado?!" - Era demasiado tarde. El ejército que sin querer había traído al mundo, parecía demasiado fuerte para él. - "¿Qué hago? Aaaaaaah, ¡esto es una locura!"
Una avanzadilla de infantería alfabética había llegado a la suela de sus zapatos. Parecían portar algún tipo de ariete, sin embargo daban vueltas en torno a los mocasines sin hallar la puerta que querían derribar.
Los arqueros lo bombardeaban sin piedad desde el borde del escritorio. Como en toda guerra, corrían ríos de tinta narrando lo que acontecía, la camisa de Franz así lo atestiguaba.
Entre tanto, Franz daba vueltas sobre sí mismo a la vez que hacía exagerados aspavientos con las manos. Parecía algún personaje de una serie de humor haciendo uno de sus números estrella, o el típico indio de spaghetti western que danza en torno a una hoguera, pero claro, ¿cómo combatir a tal enemigo?.
Y así, mientras el mejor escritor del mundo sentaba las bases acerca de la eterna lucha autor-obra, un aullido lejano, posiblemente de un chotacabras, resonaba en la lejanía, distorsionado eso sí, por el eléctrico cántico de cuatro nubes tempestuosas que danzaban al son de las lluvia y el viento: "cshshc, fffff, cshchshch".
Era el día, hoy por fin escribiría algo.
El mejor escritor del mundo, que nunca había escrito nada, se sentía ahogado por un mar de dudas cada vez que su pluma rozaba el áspero papel. Las palabras, irónicamente, parecían hablarle de sí mismo en términos nada halagüeños. No podía mirarlas. Cada nueva letra, un nuevo enemigo.
"Está bien, si no puedo miraros, escribiré sin mirar". Decía palabras a palabras que no le oían, mientras apretaba los ojos con expresión de pesadez abdominal. Su mano apuró unas cinco líneas que por su inclinación, bien podrían desafiar a todo el pelotón del Tour. Nada mal, para haberlo escrito a ciegas.
Entreabrió un ojo para ver lo que había escrito. "Nada" - observó sobresaltado. Allí descansaba desafiante y limpio el papel blanco. Lo miró con aspereza - "Un papel áspero sí, ya me lo advirtió Damien. Sí, dijo: este es un papel demasiado ásp...." - Mientras realizaba tan certera observación, vio por el rabillo del ojo que algo se movía sobre la mesa. - "¡Mon Dieu!" - Las cinco líneas de texto que habían desaparecido estaban reorganizándose fuera del papel y le mandaban a Franz todo tipo de improperios a cerca de su forma de escribir.
Por un momento no dio crédito a lo que veía. Se quedó absorto mirando el curioso vaivén de aquéllas pequeñas hormigas aletradas, los curiosos insultos que recibía, el circo absurdo que había brotado de la tinta de su pluma.
Las letras parecían cada vez más agitadas. Una B mayúscula, usando una D como arco, le lanzó una I a la cara a Franz. El impacto sobre los gruesos cristales de sus gafas los despertó. "¡Aaaaaaah! - Un sonoro golpetazo, como golpear a un árbol hueco con un hueso, sucedió a la pérdida de verticalidad de la silla. Las gafas de Franz salieron volando. El cegato, apalpando el terreno, al fin encontró las maltrechas lentes. Varias letras se habían reunido y parecían blandir la pluma de Franz sobre Señor Áspero. Habían dibujado toda una suerte de artilugios de guerra, y unas mayúsculas de considerable tamaño parecían blandir espadas de tinta y caminar hacia él.
"¡Aviones!" - lo bombardeaban desde el techo. Con una mezcla de pánico e instinto de supervivencia, giró sobre sus talones con intención de salir disparado de allí. "¡¿Rodeado?!" - Era demasiado tarde. El ejército que sin querer había traído al mundo, parecía demasiado fuerte para él. - "¿Qué hago? Aaaaaaah, ¡esto es una locura!"
Una avanzadilla de infantería alfabética había llegado a la suela de sus zapatos. Parecían portar algún tipo de ariete, sin embargo daban vueltas en torno a los mocasines sin hallar la puerta que querían derribar.
Los arqueros lo bombardeaban sin piedad desde el borde del escritorio. Como en toda guerra, corrían ríos de tinta narrando lo que acontecía, la camisa de Franz así lo atestiguaba.
Entre tanto, Franz daba vueltas sobre sí mismo a la vez que hacía exagerados aspavientos con las manos. Parecía algún personaje de una serie de humor haciendo uno de sus números estrella, o el típico indio de spaghetti western que danza en torno a una hoguera, pero claro, ¿cómo combatir a tal enemigo?.
Y así, mientras el mejor escritor del mundo sentaba las bases acerca de la eterna lucha autor-obra, un aullido lejano, posiblemente de un chotacabras, resonaba en la lejanía, distorsionado eso sí, por el eléctrico cántico de cuatro nubes tempestuosas que danzaban al son de las lluvia y el viento: "cshshc, fffff, cshchshch".
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Serch
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2:19
viernes, 23 de abril de 2010
Paradojas.
Nieves se enjugó el sudor de la frente. Miró hacia la casa intentando vislumbrar alguna sombra inquisidora. Nadie. Agarró de nuevo la pala y siguió cavando. Las manos le dolían, los brazos le ardían por el esfuerzo. Pero ya faltaba menos para acabar. Un año más. Otra vuelta a empezar.
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Iago
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22:53
jueves, 18 de febrero de 2010
La Red. (5)
CAPÍTULO 5
VIERNES
Atmósfera: http://www.youtube.com/watch?v=wWuR6r1Uvxs
Los días sucesivos se desarrollaron en una extraña normalidad. La Red creó grupos de reconstrucción para las ciudades afectadas por la guerra, así como una primitiva policía armada formada por los ex oficiales de ambos bandos que aceptaron trabajar para ella a cambio de promesas de buena voluntad, buena retribución y protección y ayuda a sus familias. Ordenó que, aquellos que pudiesen, regresasen a sus empleos habituales, y que los que no tenían un trabajo o lo hubiesen perdido durante la contienda acudiesen a las oficinas provisionales de colocación.
Su talante en aquellos primeros meses infundió confianza en los habitantes del planeta, hartos de una guerra que había costado millones de vidas y cantidades ingentes de dinero destinado a armas, tecnología y tropas. Aquella vuelta a la rutina era más esperada de lo que muchos hubieran osado a apostar, y una gran mayoría de personas pusieron el hombro para ayudar a levantar su mundo devastado. Pocos fueron los que se negaron a trabajar para un ente incorpóreo y desconocido, y Ella no le dio importancia, en principio.
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Iago
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0:54
domingo, 31 de enero de 2010
La Red. (4)
CAPÍTULO 4
JUEVES
Hacía horas que se había hecho el silencio más absoluto. Ningún sonido entraba desde la calle en aquella madrugada. Raun caminaba lentamente entre la ventana de la sala que daba al exterior y su cama. No se había acostado. En toda la noche había abierto otras dos veces la puerta y tratado de averiguar si alguien se movía en el edificio. Pero todo parecía muerto.
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Iago
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2:17
sábado, 30 de enero de 2010
La Red. (3)
CAPÍTULO 3
MIÉRCOLES
Las pantallas se apagaron emitiendo un chasquido sordo seguido de un ligero zumbido. Después, nada. Comenzaron a oírse voces ordenando a los técnicos que recuperasen la comunicación de inmediato. Carreras, gestos de impotencia... Algo escapaba al control de los informáticos, o los satélites habían caído. Los gritos comenzaron a enervar la situación, y los embajadores de varias naciones abandonaban la sala.
De pronto, el zumbido que había sido la agonía lenta de aquellos minutos elevó ligeramente su intensidad. Poco a poco aumentaba de volumen, haciendo resonar ya las paredes del recinto. Continuó creciendo en fuerza hasta que obligó a todos los allí congregados a taparse los oídos con las manos y a gritar en una mueca de dolor. Pasaron unos segundos, y tal y, como había venido, aquella frecuencia atronadora desapareció, dejando en un silencio frío la sala de comunicaciones. Algunos hombres se levantaron lentamente, mirando con recelo a los altavoces integrados en las paredes. Sin embargo, intuían que aquella calma no estaba hecha para durar. Paulatinamente las pantallas volvieron a encenderse, una detrás de otra, mostrando un brillo grisáceo y titilante. Formas confusas iban dibujándose poco a poco, dejando ver que lo que en ellas se mostraba no era ni mucho menos la sala de comunicaciones de la Alianza Oriental.
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Iago
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1:31
miércoles, 20 de enero de 2010
La Red. (2)
CAPÍTULO 2
MARTES
En realidad, todo había sido de una sencillez absurda. La capacidad de cálculo de los ordenadores progresaba a una velocidad imparable. Los servidores acogían más y más información de manera exponencial. Y, mientras tanto, la humanidad se desesperaba y los principales dos bandos contendientes (EE.UU. y sus aliados, y China e India y los suyos) trataban inútilmente de mejorar sus armas nucleares y sus escudos antimisiles. Ambos bandos avanzaban de manera pareja, y sin fin se sucedían a centenares de kilómetros sobre la superficie de la Tierra explosiones nucleares que iban formando un cinturón de asteroides metálicos que ya comenzaban a ensombrecer el Sol en algunos lugares. Pero la guerra no se decantaba hacia ningún lado...
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Iago
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13:38
martes, 19 de enero de 2010
La Red. (1)
Atmósfera: http://www.youtube.com/watch?v=fpWNimba344
CAPÍTULO 1
LUNES
Cuando se despertó pensó, sin saber por qué, que aquel lunes iba a ser un día para olvidar. Y tal vez hubiese hecho bien en fiarse de su instinto. Pero en lugar de eso, como todos los días, como todos los hombres y mujeres de su ciudad, se levantó y se dirigió con desgana hacia el espejo del baño.
Allí no estaba la solución, claro. Las ojos hinchados, las incipientes arrugas, las primeras canas, daban a su rostro el aspecto de un mapa; un recorrido por todos y cada uno de los momentos duros que habían forjado su camino. La ducha mejoró un poco su malestar, y posiblemente el frío al salir de ella le hizo olvidar sus opiniones iniciales respecto a un lunes que, al fin y al cabo, tenía muchas posibilidades de ser tan normal como cualquier otro.
Trabajaba en una fábrica. En La Fábrica, si somos realistas, dado que no había otra ni cabía la posibilidad de trabajar en otro sitio.
Allí no estaba la solución, claro. Las ojos hinchados, las incipientes arrugas, las primeras canas, daban a su rostro el aspecto de un mapa; un recorrido por todos y cada uno de los momentos duros que habían forjado su camino. La ducha mejoró un poco su malestar, y posiblemente el frío al salir de ella le hizo olvidar sus opiniones iniciales respecto a un lunes que, al fin y al cabo, tenía muchas posibilidades de ser tan normal como cualquier otro.
Trabajaba en una fábrica. En La Fábrica, si somos realistas, dado que no había otra ni cabía la posibilidad de trabajar en otro sitio.
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Iago
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19:00

