Aturdida por el primer rayo centelleante que entró por esta ventana, con las pupilas cubiertas por un tosco manto gris, con la garganta seca, la voz tomada y el pulso casi imperceptible: así me he levantado esta mañana; con los sueños rotos, y un día por delante del que no tengo mapa. Deambularé sin rumbo a la espera de que la brújula dorada retome el norte. Recorreré los límites de mi mente, exploraré esos lugares donde sólo mi alma llega cuando me abandona. Exhausta ante el solo hecho de pensarlo, negociaré con mi alter ego todas las posibilidades, todas las probabilidades que se presentan. Mientras tanto, mientras me decido a seguir, o a parar, mientras todas las ensoñaciones y divagaciones recorren cada uno de estos senderos que pueblan mi cabeza, daré otra vuelta en la cama. Me esconderé bajo las mantas y ahogaré los gritos de mi garganta contra esta almohada, que ahora, es mi única confidente. La cobardía de mis miembros transformada en desidia, en pereza; y este fino hilo de cordura, lo único, que me separa de la muerte que vive bajo mi cama. Ahora, en este instante, nada podría diferenciarme de una pequeña cucaracha, de un pequeño insecto en el que nadie repara. Podría ser ese gusano de mezcal que vive dentro de una botella, un pececillo que con cada vuelta dentro de su pecera redescubre un nuevo mundo. En momentos como este añoro tanto la falta de conciencia: daría lo que fuese por sufrir esta metamorfosis, vendería mi alma a cambio de arrancar el dolor de mi piel, de que mis sentimientos fuesen vetados.
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lunes, 9 de mayo de 2011
martes, 26 de abril de 2011
La esquina
Hubo un día que eché a andar, y aunque no recuerdo el momento preciso, porque de esto hace tanto tiempo ya, sé que tras aquellos primeros pasos, enseguida sobrevino la primera dificultad. Al principio, todo había sido muy fácil, las losas grandes y lisas que adornaban aquella acera, invitaban a seguirlas; despacio, sin prisas, deleitándose en cada una de ellas como si dentro de aquellos cuadraditos hubiese mundos diferentes; pero fue entonces, cuando mis ojos se percataron, de que aquel liviano camino se perdía tras una esquina. Es curioso, pero mis piernas, que habían dado pasos firmes hasta aquel entonces, y que incluso se habían permitido el lujo de pegar saltitos, se frenaron y comenzaron a aflojarse, se dejaban ir como el árbol joven que trastea el viento. El pánico se apoderó de mi, la incertidumbre de no saber si habría más losas tras aquella esquina, me suponía tal ansiedad, que por un momento, creí perder la cordura. No hay nada peor que tener miedo, y recubrirse de esa incerteza que nos depara el futuro. Fue terrible, os lo aseguro. Tanto fue el terror, que pensé en abandonar, en dejarme caer sobre aquel trocito de acera y esperar. Esperar a que todo aquel mundo que se presentaba ante mi desconocido, se descubriese y me invitase de nuevo a seguir. Sin embargo, en aquel preciso instante en el que estaba a punto de desplomarme, unas manos desconocidas me sostuvieron, evitando aquella caída que hubiese sido desastrosa. La fuerza de aquellas manos me devolvieron enseguida la fuerza, y sobre todo, la esperanza, que creí, había perdido. Y mientras una mano me sujetaba, la otra me invitaba a seguir, a hacerle frente a aquella esquina: monstruo irreverente que doblegaba mi voluntad. Y otra vez, comencé la marcha, paso a paso como había hecho desde un principio, y cuando me quise dar cuenta la esquina había desaparecido. Volteé la cabeza, y allí, tras de mi, seguía tiesa y despampanante, y sin saber muy bien como, decidí seguir adelante, porque a mis pies había un montón de losas nuevas por descubrir, y ahora, ya no me asustaban las esquinas.
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lunes, 18 de abril de 2011
El alma que se quedó atrapada en una muñeca
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lunes, 31 de enero de 2011
Miedo
¿ Qué hemos de sentir cuando sabemos que nuestro fin está cerca? ¿ Qué pensamos de aquel que tenemos enfrente, oculto tras un fusil?
Igual no pensamos, ni sentimos. Para que malgastar nuestros últimos segundos en algo tan vacuo e inútil a la vez, quizá lo único que de sentido a nuestra perdida es que ese, que será nuestro verdugo, es como nosotros. Yo usaría mis últimos minutos para eso, para mirarlo a los ojos, y ver, que tras el gatillo también vive el miedo.
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lunes, 3 de enero de 2011
Azul
Seara llegó,a casa, cansada. Tiró con los libros en la cama, y se dejó caer a su lado como si su cuerpo ya no tuviese vida. En su mente agitada, los pensamientos se peleaban por sobreponerse unos encima de otros: la tarea de matemáticas, la de física, el trabajo de literatura...pero antes aún debía de terminar de leer el libro trimestral.
Alicia descansaba en la última estantería de la librería, y se deslizó hasta caer en el escritorio, arrastrando consigo una fina capa de polvo que se convirtió en una inesperada nevada para los folios esparcidos por aquella mesa. Seara, asustada por el golpe seco que produjo el libro al caer, se levantó rápidamente a ver que sucedía. La novela permanecía balanceándose, en el filo de la madera, con sus brazos abiertos, intentando no caer hacia la nada. Seara lo salvó, justo cuando sus fuerzas comenzaban a flaquearle, y lo incierto del abismo era lo único que le deparaba el futuro. La niña lo levantó, y con la mirada siguió el párrafo que señalaba su dedo índice.
Entonces, azul, todo a su alrededor se tiñó de azul; una cascada azul se colaba por su ventana inundando todo a su paso, incluso ella también era azul. Los cristales que estallaban a su paso, se convirtieron al segundo en una fina lluvia azul que mojó sus zapatos, y que comenzó a deslizarse por debajo de su puerta, como un río que va hacia el mar...La habitación comenzó a dar vueltas, y vueltas, y vueltas hasta diluirse en un gran agujero de pequeñas pelotitas azules que no paraban de girar y que la atraían hacia él como si se tratase de un imán gigante. Seara sintió como el miedo corría por sus piernas, parecían dos postes atados al suelo, y por más que luchaba, hacía un buen rato que no le obedecían. Sin embargo, cuando estaba decidida a abandonarse a su suerte, una mano aparecida de la nada, asió la suya con fuerza, y la acompañó una voz que le susurró que no había peligro. Se prepararon para que aquel enorme torbellino los tragase, como si fuesen un pequeño aperitivo azul, y en aquel preciso instante en el que se miraron, los absorbió. Fueron dando trompicones contra las curvas azuladas de algodón, esparcidos y desintegrados en la más pequeña de las formas. Por momentos, las partículas de la cría formaban círculos elípticos alrededor del otro cuerpo, y luego, unidas sus formas se encontraba con diminutos puntitos que la atravesaban durante interminables minutos.
Una alarma antiincendios sonaba, a lo lejos, a través de la noche. Aquel chirriar despertó a Seara de su sueño; con los párpados a medio abrir intentó, en vano, que sus músculos también despertasen. Miró, de nuevo, todas aquellas fórmulas garabateadas en su libreta, y entonces, su mano, que hasta aquel momento, parecía inerte, agarró el lápiz y comenzó a despejar aquella incógnita que le faltaba por resolver. A punto de amanecer, Seara, suspiró aliviada.
Gracias, Everett, dijo mirando al cielo.
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0:46
sábado, 18 de diciembre de 2010
La Catedral
Hace algún tiempo ya que llegué hasta aquí, con mi mochila a cuestas, llena de historias, de esperanzas y de anhelos; y también con las penas y tristezas del que viaja por el mundo de un lugar a otro. La obra, aunque en cimientos, ya mostraba su majestuosidad, y sin poder apartar mi vista de ella, día tras día me acercaba a ver como sufría pequeñas variaciones. Había algo en ella que me atrapaba, que seducía cada uno de mis sentidos, que zarandeaba el fino hilo que separa la cordura de la locura. Entonces, sucedió: una mañana el capataz de la obra se me acercó y me ofreció participar en la construcción. No me sentía con fuerzas de hacerlo, pero en cambio, no podía resistir la tentación de no ser partícipe. En aquel mismo momento, abrí mi atillo, y desempolvé mis pocas herramientas, que comenzaban a oxidarse por la falta de uso. Al principio, mis torpes dedos, no eran capaces de moldear la piedra como yo quisiera, pero luego, a medida que pasaban los días y las semanas, todo aquello que había aprendido volvió a surgir como si siempre hubiese estado ahí. Me siento feliz, tras casi un año de arduo trabajo, la obra avanza, y comienzan a perfilarse en el horizonte todos nuestros sueños. Mientras golpeo el martillo, cada cincelada que doy, una palabra se escribe en algún lugar de la historia, se eleva una voz que quedará grabada en la mente de aquellos que en un futuro admirarán nuestra obra. Estoy seguro. Desde ahora, esta es nuestra casa: porque nos merecemos el reconocimiento de haberla creado, nuestra, porque es la morada filosofal que creamos aquí en la tierra. Pero sobre todo, también es vuestra casa, y la de todos aquellos que la visitáis, y la visitaréis en un futuro. Esta será la catedral de nuestros sueños; seguiremos luchando bajo el amparo de su bóveda, y nos dejaremos guiar por la luz que entra por sus ventanas. Pero, hasta que esto suceda, aún queda mucho trabajo por hacer: la piedra es dura, y en ocasiones, sólo la fuerza de las herramientas no es suficiente para ablandarla, es entonces, cuando debemos echar mano de ese conocimiento, de las enseñanzas ocultas tras los altos muros de la ignorancia. Sin embargo, sólo soy un peón, un simple aprendiz de obra, al que le quedan muchos peldaños que subir, para alcanzar su meta.
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sábado, 11 de diciembre de 2010
Aprendiendo a vivir
Hace unos días que Mario empezó a ir al cole. Bajo su anorak rojo, escondido, su amigo del alma, su compañero de juegos de siempre. De repente, su mundo conocido ha desaparecido, las alas algodonadas de mamá han decidido separarlo de ella, y todo el mundo a su alrededor se empeña en que debe hacer amigos. No entiende por qué habría de hacerlo, y mientras piensa en ello, se dirige a su rincón, abrazado a su osito de peluche, buscando en el suelo la seguridad que se le escapó de los bolsillos del mandilón. De vez en cuando levanta su cabeza, y con la mirada perdida observa a aquellos seres, que al igual que él, han dejado allí abandonados. Estoico, permanece en esa esquina como si se tratase de un pilar maestro que sujeta al universo, esperando que la música de su liberación suene. Sale al patio, y se aleja de la algarabía de las otras pequeñas fierecillas y provisto de una pequeña pala, se dirige otro día más hacia su agujero, ese que por más que cava no tiene final, y aunque hace tiempo que lo sabe, le da igual. Sin embargo un buen día algo diferente sucede: la niña espigada que se sienta en la mesa de las cerezas cruza todo el patio, y se dirige a su encuentro. Mario siguió dedicado plenamente a su labor, y no le prestó ni la mínima atención; a ella parecía no importarle demasiado aquel desplante y permaneció en silencio a su lado. Al cabo de un rato, Nerea rebuscó concienzudamente dentro del bolsillo del pantalón, y con cierta dificultad fue capaz de desembarazarse de aquella abertura que parecía querer tragársela. Cuando abrió su puñito, dos caramelos diminutos aparecieron por arte de magia, y con la misma presteza que metió uno en la boca, le ofreció el otro a su compañero. Entonces Mario dejó de cavar, y con aquella mano cubierta de tierra agarró el dulce que le ofrecía la niña. Durante unos minutos los dos se miraron, se observaron minuciosamente, estudiando cada detalle que les parecía interesante; sin embargo aquel embelesamiento les duró, más bien poco; la sirena que sonaba con fuerza los reclamaba, de nuevo, a sus quehaceres, y la maestra no paraba de dar palmadas intentando reclamar su atención. Pero Mario y Nerea habían decidido que no iba con ellos, estaban en el lugar adecuado haciendo cada uno lo que quería, ¿por qué habrían de obedecer? La "seño" tardó sólo unos minutos en darse cuenta de que faltaban pollitos en su corral, y salió toda alborotada a buscarlos al patio. Y allí seguían, con sus miradas perdidas en el cielo, buscando el castillo que acababan de construir. Pero algo había cambiado, ya nada volvería ser como antes, y ellos lo sabían. Se miraron otra vez, y en aquellas caras regordetas se dibujó una sonrisa. Mario agarró la mano de Nerea, y juntos, decidieron enfrentarse a su destino.
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jueves, 19 de agosto de 2010
Lágrimas de Cristal.
CAPÍTULO CINCO
Recuerdo aquel verano con gran cariño. En agosto David se había marchado de vacaciones a casa de unos familiares, con lo que pude pasar enteramente los días a solas con Susana. Nunca me había enamorado antes y no sabía cómo se suponía que debía sentirme, pero sin duda me había enamorado de ella hasta la médula. Me volvía loco. Mataría por Susana.
El Mundo Exterior
Era jueves a media tarde, una de las horas menos concurridas en la cafetería del mercado. Unas señoras ya entradas en años comentaban las particularidades de muchos de sus vecinos mientras que, de forma rutinaria, daban pequeños sorbos a sus cafés y a sus tés.
— ¡Que sí hija, te digo que ese chico es un perdido! Míralo como anda — parecían observar a un joven que pasaba frente a la ventana del bar — vaya pintas. Si yo fuese su madre ya le habría hecho cortar esas melenas hace tiempo.
La señora Gómez, una afable y regordeta pelirroja sentada al lado de Matilde, parecía asentir a cada palabra de ésta — Si acabará hecho un desgraciado — continuó — como su padre. Mira que abandonar a la pobre de Alberta después de dejarla embarazada…
Las demás contertulias asentían mecánicamente, sin prestar mucha atención, mientras jugaban sus piezas de dominó o daban sonoros sorbos a alguna infusión.
El barman, aburrido, se toqueteaba las puntas de su bigote mientras veía un partido de fútbol repetido que echaban en un canal deportivo.
También estaban en el bar los tres chicos, sentados a otra mesa cercana a la pared del fondo. David contaba con entusiasmo la victoria del equipo de fútbol en que jugaba en la jornada anterior.
— ¡Ganamos dos a cero! La verdad es que no fue nada fácil, ellos van de segundos y nosotros necesitábamos ganar para acercarnos en la clasificación. Por suerte jugar en casa siempre ayuda y bueno… — continuó por un rato dando los detalles del encuentro, la dureza del partido, las ocasiones marradas por sus rivales… Susana lo escuchaba con atención, alegrándose de que su amigo hubiese hecho un buen partido.
Mientras tanto Félix echaba una mirada desencajada hacia la mesa al fondo del bar, sobre la que reposaba un solitario periódico doblado por la mitad.
Todas las demás mesas estaban vacías.
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lunes, 9 de agosto de 2010
Lágrimas de Cristal.
CAPÍTULO CUATRO
Un Sueño.
Un Sueño de una vida que nunca fue.
Me veo a mí mismo sentado en un banco del paseo, matando el tiempo, mirando el mar. Otra preciosa puesta de sol de algún día de un verano en otro mundo.
Un sentimiento de intranquilidad invade el sueño de pronto. Yo sigo sentado en el banco, pero ya no estoy solo. Mi acompañante, como siempre, enteramente vestido de negro observa con algún tipo de incomprensión a una pareja que camina por la orilla. Parece que el Hombre de Negro siempre esté espiando a parejas de novios…
No estoy intranquilo por su presencia, es algo que no termino de comprender, un ansia insatisfecha por algo que nunca ocurrió. Siento que no me puedo mover, pero tampoco lo intento. Me veo desde arriba, desde detrás, en una perspectiva en la que veo mi cogote, un sombrero negro y al fondo la playa, la orilla de la playa por la que pasean varias personas desconocidas. Sin embargo, no todas son desconocidas, David y Susana pasean cogidos de la mano, descalzos, mojando sus pies, caminando al son del incesante batir de las olas. Parecen rodeados de un aura luminosa que los destaca entre las demás personas. Puedo verlos perfectamente. Me angustio al pensar que mi mejor amigo está paseando con mi novia por la orilla.
El Hombre de Negro, de pronto furioso, se levanta y me golpea.
Una punzada en mi estómago da por terminado el mismo sueño de cada noche, esta vez, en una playa de un mundo desconocido, una situación absurda de una vida que nunca fue.
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viernes, 6 de agosto de 2010
Lágrimas de Cristal.
CAPÍTULO TRES
Ya han pasado casi quince años desde que desperté aquella noche en el hospital. Desorientado. ¿Dónde estaba, cómo había llegado allí? ¿Y Susana? Ah sí, Susana ya no estaba, eso era lo único que recordaba.
Desde la penumbra, en una esquina de la habitación, surgió una gruesa voz.
— ¿Qué chaval, estás mejor ya? — a duras penas pude distinguir una silueta de un hombre en la oscuridad, un hombre con un sombrero negro, sin duda. — Empezaba a pensar que dormirías para siempre.
El Hombre de Negro caminó hasta los pies de mi cama. Pude ver el reflejo de las luces de la calle en algo que llevaba en la mano. A partir de aquí, mi mente parece estar en blanco. No recuerdo si me quedé hablando con él tan tranquilo, o si me volvió a dar otra paliza de muerte. Sin embargo estoy seguro de que algo ocurrió aquella noche en el hospital.
El Mundo Exterior.
Un día más de trabajo en la estación de trenes. Uno de los pocos días soleados de diciembre. Una tarde fría, helada. Un día como otro cualquiera.
Los pasajeros circulaban a prisa por la estación. Parecía que ninguno de ellos quisiera permanecer allí más tiempo del necesario. Aún así, una joven pareja parecía querer alargar el tiempo todo lo posible, se besaban y se despedían como si nunca más fueran a encontrarse.
En un banco, en una esquina, se revolvía inquieto un chico enfundado en una gabardina negra. Ofrecía en esta imagen una estampa singular, como la que podría ofrecer una llave inglesa puesta en la mesa como cubierto, aquel no era su lugar. Farfullaba frases ininteligibles para sí mismo a la vez que daba vueltas a un objeto de cristal en su mano. Al mismo tiempo, mirando sobre las altas solapas de su gabardina, no quitaba ojo a la joven pareja de enamorados. Por veces, acariciaba el cuchillo de monte que llevaba en su bolsillo, asegurándose de que siguiera allí.
Los enamorados se despidieron, el tren se marchó. Como en una película del oeste, cabalgó al trote y después al galope, hacia la puesta de sol. Una hermosa tarde que llegaba a su fin.
El reloj marcó las siete y cinco.
El joven enamorado, lloraba sin consuelo, perdido en sus pensamientos, ignorando el mundo a su alrededor.
El chico de la gabardina, caminaba en círculos, nervioso, desorientado, luchando internamente tratando de decidir qué hacer.
Nuevos pasajeros parecían agolparse en las taquillas en pos de un ticket. A las siete y diez partía el último tren del día con destino Madrid.
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19:38
miércoles, 4 de agosto de 2010
Lágrimas de Cristal.
Me quedé viendo como el tren se perdía en el horizonte. Su traqueteo, creciente en velocidad y menguante en volumen parecía describir con detalle nuestra historia. El reloj marcaba las siete y cinco exactamente. La manecilla encargada de señalar los segundos estaba anclada en el doce y parecía haberse rendido por fin. Hasta el maldito reloj parecía satirizar sobre la estampa que mi soledad ofrecía en la estación. Mi alargada sombra marcando las doce en punto, quieta, parada, detenida sobre un mundo en el que ya no corría el tiempo.
Tiene gracia que todavía me acuerde de este sentimiento… la manecilla de un reloj estropeado. Menudas tonterías se me pasaban por la cabeza a mis diecisiete años. Sin embargo, también recuerdo que había sido un sentimiento muy fuerte, realmente mi mundo se había marchado en aquel vagón.
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0:32
sábado, 31 de julio de 2010
Lágrimas de cristal.
CAPÍTULO UNO
La manecilla del reloj de la estación recorrió con gracia los últimos pasos que le faltaban para llegar a las siete. Al mismo tiempo, el tren en el que viajaba Susana anunciaba su inminente puesta en marcha a los rezagados pasajeros que aligeraban el paso. Un niño pequeño era arrastrado a toda prisa por su madre junto con unas maletas… pronto se perdieron en el tren.
Es curioso cómo, cuando menos te lo esperas, tu cabeza se pierde en pensamientos intrascendentes, cosas en las que nunca reparas, tratando de evadirse del dolor, ya que, en medio de todas estas cosas en las que me fijaba, estaba Susana.
-- Oye, ¿estás aquí? – me preguntó.
-- Aquí mismo – esperando lo inevitable. Está claro que mi expresión ausente hizo que se alarmara.
-- Ya es la hora… o subo, o me dejan en tierra… -- es muy fuerte, estaba intentando mantener la compostura en un momento así, aunque un creciente brillo en sus ojos delataba su tristeza.
Le acaricié su pelo, lacio y oscuro mientras la miraba y pensaba que decirle. Lágrimas comenzaron a correrle por las mejillas, aunque continuaba con su impasibilidad fingida. Sequé sus lágrimas con mi pulgar a la vez que la besaba. Sentía como mi corazón se sobresaltaba mientras pensaba que aquel podría ser nuestro último beso.
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2:57
lunes, 19 de julio de 2010
UNA PARTIDA DE AJEDREZ(VI)
Tras pegarse una ducha, Carla sin otra elección se vistió de nuevo con su único atuendo, que Mario tan atentamente había lavado y planchado. Decidió acompañarlo en sus quehaceres, y así pagarle de alguna manera, todo cuánto estaba haciendo por ella. Sentada a su lado lo emuló y con una bayeta fue limpiando el polvo acumulado en el lomo de los libros. Durante un buen rato, ambos se mantuvieron en silencio, sólo de vez en cuando sus miradas se cruzaban e intercambiaban tímidas sonrisas. Tenía tantas preguntas que hacerle pero temía contrariarle, y la verdad, se había portado tan bien con ella que le angustiaba molestar a tan encantador anciano. Pero la curiosidad por obtener alguna respuesta hizo que rompiese aquella barrera y se atreviese a indagar.
- Supongo, que el camisón es de su esposa.
- Si. En efecto - le contestó tajante el librero.
- Perdone que me entrometa en su vida- continuó Carla- pero compréndame, he despertado en un lugar extraño donde no conozco a nadie y...
- Tienes razón- la interrumpió él- me he comportado como un verdadero maleducado. Espero que sepas perdonar a este pobre viejo. Llevo tanto tiempo solo que a veces me doy cuenta de lo huraño que puedo llegar a ser.
- Pero..
- Supongo, que el camisón es de su esposa.
- Si. En efecto - le contestó tajante el librero.
- Perdone que me entrometa en su vida- continuó Carla- pero compréndame, he despertado en un lugar extraño donde no conozco a nadie y...
- Tienes razón- la interrumpió él- me he comportado como un verdadero maleducado. Espero que sepas perdonar a este pobre viejo. Llevo tanto tiempo solo que a veces me doy cuenta de lo huraño que puedo llegar a ser.
- Pero..
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sábado, 3 de julio de 2010
UNA PARTIDA DE AJEDREZ (IV)
Tras la trifulca los internos comenzaron a salir al patio, sentados en los bancos que poblaban aquel jardín, disfrutaban de los primeros rayos que se colaban entre los majestuosos camelios. Alguno por su avanzada edad necesitaba de ayuda para desplazarse, enfermeras y celadores los conducían hasta el lugar elegido por cada uno, y aquellos uniformes blancos que iban y venían rompían la perfección cromática de aquel cuadro. Carla seguía dándole vueltas a la frase, seguro que el acertijo es fácil - pensó, pero esta mierda de medicación no deja que me concentre. Se le ocurrió que si pudiese tener acceso a un ordenador, a través de Internet, podría intentar dar con una solución. Había varios en el edificio, uno en la entrada, pero las recepcionistas no abandonaban su puesto en todo el día, el segundo estaba en el despacho de la directora, que a esas horas aún estaba trabajando y el tercero, estaba en la consulta de Luca de Tena, el psiquiatra. Corrió hacia la entrada, burlando a su paso a todo aquel que podía desbaratar la idea que había tenido. El despacho estaba en la primera planta, y la cafetería aunque en el mismo piso, estaba situada en el ala sur del edificio. Sólo necesitaba esperar hasta las once, a esa hora todas las mañanas como un reloj, el doctor hacía un alto en el camino y durante media hora tomaba su café y hojeaba la prensa. Faltaban cinco minutos, se coló en el cuarto de la ropa sucia, y allí entre montones de camisones y sábanas espero a tener vía libre. Pasaban diez minutos de las once y oyó como la puerta del despacho se abría, unas voces que sonaban lejanas acordaban una reunión para el día siguiente a la misma hora. Se despidieron mientras que la llave giraba en la cerradura. Los pasos fueron alejándose hasta que el claqueteo se perdió en la lejanía del pasillo; era el momento de ponerse manos a la obra. Necesitaba algo metálico para abrir la cerradura, un alambre, una horquilla del pelo, pero todos sus objetos personales le habían sido requisados una vez había entrado, para preservar así la seguridad de todos los internos.
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1:44
viernes, 2 de julio de 2010
UNA PARTIDA DE AJEDREZ (III)
Carla aún llegó a tiempo de colocarse en la fila; pero dos gorilas franqueaban la puerta mientras que el primer grupo, que había entrado, ocupaba su sitio. Los miró de soslayo, se imaginó dos armarios de Ikea de esos de fácil montaje y una sonrisa se dibujó en su cara, hasta que sus miradas se cruzaron con la de ella. Agachó la cabeza creyendo que así la perderían de vista, con esa creencia que tenemos todos cuando somos niños, con esa que nos hacía mirar hacia el suelo, intentando esquivar la mirada inquisitoria del profesor que buscaba voluntarios para salir al encerado. Pero Carla sabía que no sirve de nada esconderse cuando el "profe" te tiene manía: su experiencia en aquel lugar se lo corroboraba cada día que transcurría. Y mientras en su imaginación seguía agazapada, sintió como una zarpa se hundía en su brazo. Las piernas comenzaron a temblarle y temió levantar la vista. Se había comportado como una verdadera idiota y aquel traspiés podía costarle un buen retraso en su salida. Con el chivatazo de un simple celador, como eran aquellos dos, ya podía despedirse de su tan ansiada libertad.
- ¡ Buenos días, Carla! - le espetó sonriente el celador, que aún la mantenía agarrada.
- ¡ Buenos días, Teo! - contestó timidamente.
- He pensado - continuó- que siendo estos tus últimos días entre nosotros bien te mereces no tener que esperar esta cola tan larga. Así que si te parece bien, voy a colarte - le susurró al oído.
- Me parece una idea estupenda - apostilló rápidamente, intentando que se notase lo menos posible el ataque de ansiedad que estaba sufriendo en aquel momento. Con la otra mano se sacó el pelo de delante de la cara con la mayor naturalidad posible y acompañó al celador hasta la entrada. Se despidieron con una mueca de aprobación por ambas partes, y la joven con paso firme, se dirigió a la mesa en la que desayunaba habitualmente.
- ¡ Buenos días, Carla! - le espetó sonriente el celador, que aún la mantenía agarrada.
- ¡ Buenos días, Teo! - contestó timidamente.
- He pensado - continuó- que siendo estos tus últimos días entre nosotros bien te mereces no tener que esperar esta cola tan larga. Así que si te parece bien, voy a colarte - le susurró al oído.
- Me parece una idea estupenda - apostilló rápidamente, intentando que se notase lo menos posible el ataque de ansiedad que estaba sufriendo en aquel momento. Con la otra mano se sacó el pelo de delante de la cara con la mayor naturalidad posible y acompañó al celador hasta la entrada. Se despidieron con una mueca de aprobación por ambas partes, y la joven con paso firme, se dirigió a la mesa en la que desayunaba habitualmente.
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jueves, 1 de julio de 2010
UNA PARTIDA DE AJEDREZ (II)
El chirriar de unas ruedas que se acercaban, interrumpió su sueño. Deben ser las 8 - pensó Carla. La doberman empezaba con su rutina matutina despertando a su paso a todo el mundo. De un manotazo abrió la puerta de la habitación, y con la otra mano empujó el carrito contra ella para que esta no se cerrase. Se acercó a la ventana y descorrió violentamente las cortinas a la vez que les profería toda clase de insultos a las moradoras de aquella habitación. Una a una se fueron desperezando pero a Carla le gustaba sacarla de sus casillas. Se hacía la dormida, hasta que la celadora fuera de si se acercaba a zarandearla. Siempre esperaba hasta el tercer o cuarto empujón, para abrir sus ojos, y luego se disculpaba amablemente con una sonrisa pícara. Desde el primer día, culpó al exceso de medicación de su falta de obediencia, y aquel juego la mantenía entretenida en aquel lugar donde los días duraban 72 horas. Incluso con el tiempo logró convencer al psiquiatra para que se la redujese. No había sido fácil; pero aquel anciano, tras cuatro décadas allí encerrado, estaba cansado de pelear y se dejaba ir como método para no complicarse la vida. Aquella mañana Carla se sentía especialmente feliz porque esa misma semana se cumplía la fecha marcada. Al fin los cinco años de internamiento habrían terminado y volvería a retomar su vida donde la había dejado. Ansiaba tanto su libertad pero a la vez el miedo a salir al exterior le asustaba terriblemente. Durante todos aquellos años había tenido tiempo, más que suficiente, para repasar mentalmente lo sucedido en el mes que precedió a su encerramiento. Pero cuántas más vueltas le daba, menos sentido tenía todo para ella . No había ni una sola explicación lógica, al menos, los asesinatos habían cesado. A veces, a pesar de que el dictamen forense le había sido favorable, creía estar loca o que la sensatez la abandonaba más veces de lo habitual en cualquier ser humano. Acusada de homicidio por imprudencia, el tribunal dictaminó que su discernimiento se había visto afectado momentaneamente ante los sucesos acontecidos, o dicho en la jerga jurídica: "locura transitoria o trastorno de la personalidad transitorio". El jurado popular también había tenido mucho que ver en el hecho de que Carla no hubiese terminado con sus huesos en la cárcel. Por decisión unánime solicitaron al tribunal, que al no poseer ningún tipo de antecedente, la pena de prisión mayor requerida por el fiscal se tradujese en el internamiento en un centro de salud mental por el tiempo que su señoría estipulase.
La sirena sonaba al fondo del pasillo, rebotando en cada una de las paredes y haciendo un ruido hueco que se mezclaba con el anterior; era la hora del desayuno. Y si no se daba prisa, la doberman le arrebataría la bandeja como ya había hecho otras veces. Entornó la ventana lo suficiente para que quedase una rendija, y que así el humo del cigarrillo robado no pudiese ser detectado. Bajo a toda prisa. Aún no lo sabía pero le esperaban un día muy largo.
La sirena sonaba al fondo del pasillo, rebotando en cada una de las paredes y haciendo un ruido hueco que se mezclaba con el anterior; era la hora del desayuno. Y si no se daba prisa, la doberman le arrebataría la bandeja como ya había hecho otras veces. Entornó la ventana lo suficiente para que quedase una rendija, y que así el humo del cigarrillo robado no pudiese ser detectado. Bajo a toda prisa. Aún no lo sabía pero le esperaban un día muy largo.
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viernes, 25 de junio de 2010
UNA PARTIDA DE AJEDREZ
Carla apagó el despertador de un manotazo y saltó de la cama. Encendió el primer cigarrillo de la mañana y se colocó frente al tablero, estudiando detenidamente la última jugada de su adversario, hasta que el silbido de la cafetera la despertó de su letargo. No tenía ni la más remota idea de cómo proseguir, se sentía bloqueada. Hacía días que un rum- rum nublaba su pensamiento, y el aire enrarecido que se respiraba en aquella buhardilla tampoco le ayudaba demasiado. Así que cogió las llaves del coche y con la otra mano asió el bolso de bandolera que descansaba sobre la repisa de la ventana. Aquella mañana la ciudad parecía un hormiguero, atestada de vehículos y gentes que iban y venían de un lugar a otro. En la primera manzana torció a la izquierda, buscando el camino más corto que la llevase hasta el mar, pero al cabo de unos minutos el tráfico se detuvo. Unos cuántos coches más adelante, la luz de las sirenas teñían los rostros de los que allí se apiñaban. En un arranque de paciencia puso en marcha el CD del coche, esperando que aquella fatídica casualidad no la retrasase demasiado. Pero los minutos iban pasando y sin pensárselo dos veces bajo del coche intentando averiguar lo que había sucedido. Al acercarse, un cordón policial pedía reiteradamente al grupo que se mantuviese separado, aunque sin lograrlo. Como pudo fue haciéndose un hueco entre aquella marabunta, y al fin la vio: una joven tendida en el suelo nadaba en medio de su propia sangre. La mujer que tenía al lado le informó, al tiempo que se secaba las lágrimas, que la pobre muchacha había sido asesinada, y que de momento los investigadores no tenían ninguna pista. El olor de la sangre turbó aún más el estado de ánimo de Carla, que decidió en aquel preciso instante, que lo mejor era volver a casa. De camino paró para hacer unas compras, por que pensó que le vendría bien tener algo en la nevera, por si le apetecía comer. Al llegar, llevó todas las bolsas a la cocina y se dispuso a preparar una ensalada. Lavó la lechuga, picó el tomate, y de repente sintió la urgente necesidad de volver a su partida de ajedrez. Y allí estaba aquel maldito tablero, que desde su infancia, sólo le daba quebraderos de cabeza. Aún no había encontrado la jugada, no entendía que la empujaba a acercarse. Al principio no notó nada, pero en una segunda ojeada se dio cuenta de que alguien había estado allí, el alfil no estaba en su sitio. Alguien había resuelto la jugada. Corrió hacia la cocina y agarró el primer cuchillo que encontró, quizá el intruso aún seguía dentro de la casa. Una por una fue recorriendo todas las habitaciones pero allí no había nadie además de ella. Se acurrucó en el sofá, con un vaso y una botella de whisky, abrumada por todos aquellos acontecimientos que escapaban a su entendimiento.
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fini
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3:05
viernes, 18 de junio de 2010
Gloria
Tímidamente el sol asomaba entre las nubes de octubre, despejando, poco a poco, la pesada niebla con la que había amanecido. El viento ondeaba las copas de aquellos árboles que parecían saludar a la recién llegada. La vista era hermosa, un valle abierto en torno a una pequeña ciudad del norte, un poco más lejos de lo que antes había llamado hogar. El verdor del campo parecía extenderse más allá de donde alcanzaba la vista.
Una vez más, el padre de Gloria había tenido que mudarse por cuestiones de trabajo, llevándose consigo a su hija de catorce años. Segundo destino en tres años. Un cambio más, un paso más hacia el olvido, como si la distancia pudiese desgarrar los recuerdos que pesaban en su alma.
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Serch
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1:18
viernes, 23 de abril de 2010
Paradojas.
Nieves se enjugó el sudor de la frente. Miró hacia la casa intentando vislumbrar alguna sombra inquisidora. Nadie. Agarró de nuevo la pala y siguió cavando. Las manos le dolían, los brazos le ardían por el esfuerzo. Pero ya faltaba menos para acabar. Un año más. Otra vuelta a empezar.
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Iago
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22:53
martes, 20 de abril de 2010
Diario de a bordo.
Meses ha que estoy embarcado en el 'Coyote de los Mares' buscando llenar mi corazón, vacío como la bodega de los comerciantes que saqueamos la mañana de ayer. La seguridad de puerto, la cantina, el ron que embotaba mi alma estaba haciendo estragos en mi ya mal carácter, así que cuando, paseando entre los muelles donde aguardan fondeados buques de cada punta del mundo, ví un clipper que buscaba tripulantes, subí a bordo y me ofrecí como marinero de segunda, friegacubiertas y trepamástiles.
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Iago
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13:58






