Cuatro hombres descendieron del vehículo, que acababa de estacionar delante de la casa de Tomás, y se dirigieron a la entrada. El anciano parapetado tras las cortinas de su dormitorio, se dirigió a su encuentro. Había llegado el momento que llevaba esperando largos años. Sabía que algún día sucedería, y estaba preparado para ello, pero en su fuero interno algo había mantenido encendida la llama de la esperanza. Aunque tenía la certidumbre de que algún día podrían dar con él, de que en algún momento incluso tendría que entregar su vida a cambio, aquellos veinte años le habían parecido poco tiempo. Cuando llegó al piso de abajo, aquellos cuatro desconocidos le estaban esperando en el salón. Uno de ellos, permanecía sentado en una butaca, los otros tres revolvían los cajones, destripaban sus estanterías y tiraban al suelo cada objeto que se encontraban a su paso. Apoyado en el quicio de la puerta, observó con estupor como destruían todo aquello que llevaba reuniendo toda su vida. Allí entre montañas de papeles y portafolios, de libros y agendas, cada uno de aquellos elementos conformaba todo lo que había sido su vida: la investigación. Desde muy joven sintió la necesidad de descubrir que había tras la historia que permanecía escrita en los libros, algo le decía que lo realmente importante nunca se había escrito, o por lo menos, no con la suficiente veracidad. Aquellos pensamientos, llegaron a convertirse en una obsesión que lo recluyeron en su casa entre montañas de lenguas muertas, de jeroglíficos, nadando entre el mar de la alquimia, de la ciencia y la brujería. Buceando en libros mágicos y prohibidos, al final, creyó haber puesto un poco de orden en aquel mundo caótico. Y ahora había llegado el momento de pagar por todo ello, no le asustaba morir; en su cara se dibujó una media sonrisa al sentir como el frío metal se hundía en su carne. Aquellos pobres incautos desconocían que Tomás sólo buscaba la liberación.
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domingo, 21 de noviembre de 2010
sábado, 20 de noviembre de 2010
UNA PARTIDA DE AJEDREZ (XIII)
Durante varias horas, Matías le relató, pormenorízadamente, a Carla como habían llevado a cabo aquella investigación, y como había llegado a manos de Inés, las primeras figuras.
- Claro, ahora entiendo. Aquel libro que me enseñaste, aquel...en el que hablaba de un ajedrez mágico.
- Si, - dijo Manuel meneando la cabeza- el ajedrez de Carlomagno.
- Entonces, tú lo sabías todo. Me has engañado desde un principio.
- No exactamente - apuntilló Matías. El día que te encontré, salí en tu busca porque tu padre me llamó para pedirme un favor. Sólo me dijo que una chiquilla estaba a punto de salir del psiquiátrico, que necesitaba que me ocupase de ella durante un tiempo. Pero jamás mencionó que eras su hija. Lo descubrí momentos antes de que tu entrases en la habitación, con la barra de hierro en las manos.
- Claro, ahora entiendo. Aquel libro que me enseñaste, aquel...en el que hablaba de un ajedrez mágico.
- Si, - dijo Manuel meneando la cabeza- el ajedrez de Carlomagno.
- Entonces, tú lo sabías todo. Me has engañado desde un principio.
- No exactamente - apuntilló Matías. El día que te encontré, salí en tu busca porque tu padre me llamó para pedirme un favor. Sólo me dijo que una chiquilla estaba a punto de salir del psiquiátrico, que necesitaba que me ocupase de ella durante un tiempo. Pero jamás mencionó que eras su hija. Lo descubrí momentos antes de que tu entrases en la habitación, con la barra de hierro en las manos.
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martes, 16 de noviembre de 2010
UNA PARTIDA DE AJEDREZ (XII)
Carla se quedó estupefacta. La barra de hierro, que aún permanecía en sus manos, fue deslizándose poco a poco entre sus dedos, hasta que se desprendió definitivamente, y cayó al suelo. Manuel descansaba sobre la butaca que había al lado de la chimenea; con un pañuelo secaba el hilillo de sangre que brotaba de su nariz.
- Ven - le insistió un par de veces Matías, siéntate aquí a mi lado.
Carla obedeció. Como si de un autómata se tratase se dirigió hacia la cama, y se sentó allí, donde el anciano le estaba indicando. Su mirada opaca y vacía permanecía fijada en el infinito; en algún punto de aquella pared que tenía enfrente, un agujero negro parecía querer tragársela. Matías acarició su pelo delicadamente, con un par de dedos separó los mechones que se le metían en los ojos, en un último intento por arrastrarla de nuevo a esta vida.
- Ya sé que ahora mismo no tienes ganas de hablar - volvió a decir el viejo - pero debes de escuchar a Manuel. Deja que te cuente todo lo que ha ocurrido estos años...
- ¿Qué le deje qué? - lo interrumpió estrepitosamente.
Manuel, cojeando, se levantó de la butaca y se dirigió hacia la cama. De camino agarró una silla que colocó frente a Carla.
- Escúchame, por favor - le suplicó Manuel. Entiendo que estés enfadada, incluso entiendo esa mirada de odio. No he venido hasta aquí para recuperar estos veinte años perdidos, ni para ocupar ese lugar de padre que nunca ocupé. Sólo he venido a prevenirte, a ocuparme de ti para que ellos no acaben contigo.
- Dame una sola razón para que te crea. Tras todo este tiempo, sin saber de mi, ¿ahora sientes la vena paternal y quieres cuidarme? No te puedo creer. No os puedo creer. Me voy - y levantándose se apresuró a abandonar la habitación. Manuel la sujetó por un brazo, impidiendo que abriese la puerta. Carla se giró y levantando el puño en alto, lo dejó caer sobre la cara de su padre, intentando así zafarse de su captor. Al no conseguirlo, Carla se dejó caer de rodillas en el suelo, y se echó a llorar. Manuel se sentó a su lado y la abrazó, dejó que ella recostase su cabeza en su hombro, y durante un buen rato permanecieron así hasta que Carla dejó de sollozar.
- Ven - le insistió un par de veces Matías, siéntate aquí a mi lado.
Carla obedeció. Como si de un autómata se tratase se dirigió hacia la cama, y se sentó allí, donde el anciano le estaba indicando. Su mirada opaca y vacía permanecía fijada en el infinito; en algún punto de aquella pared que tenía enfrente, un agujero negro parecía querer tragársela. Matías acarició su pelo delicadamente, con un par de dedos separó los mechones que se le metían en los ojos, en un último intento por arrastrarla de nuevo a esta vida.
- Ya sé que ahora mismo no tienes ganas de hablar - volvió a decir el viejo - pero debes de escuchar a Manuel. Deja que te cuente todo lo que ha ocurrido estos años...
- ¿Qué le deje qué? - lo interrumpió estrepitosamente.
Manuel, cojeando, se levantó de la butaca y se dirigió hacia la cama. De camino agarró una silla que colocó frente a Carla.
- Escúchame, por favor - le suplicó Manuel. Entiendo que estés enfadada, incluso entiendo esa mirada de odio. No he venido hasta aquí para recuperar estos veinte años perdidos, ni para ocupar ese lugar de padre que nunca ocupé. Sólo he venido a prevenirte, a ocuparme de ti para que ellos no acaben contigo.
- Dame una sola razón para que te crea. Tras todo este tiempo, sin saber de mi, ¿ahora sientes la vena paternal y quieres cuidarme? No te puedo creer. No os puedo creer. Me voy - y levantándose se apresuró a abandonar la habitación. Manuel la sujetó por un brazo, impidiendo que abriese la puerta. Carla se giró y levantando el puño en alto, lo dejó caer sobre la cara de su padre, intentando así zafarse de su captor. Al no conseguirlo, Carla se dejó caer de rodillas en el suelo, y se echó a llorar. Manuel se sentó a su lado y la abrazó, dejó que ella recostase su cabeza en su hombro, y durante un buen rato permanecieron así hasta que Carla dejó de sollozar.
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viernes, 1 de octubre de 2010
UNA PARTIDA DE AJEDREZ(XI)
Matías entró a la casa por la parte de atrás para evitar las preguntas inoportunas de Clara. Temía sus miradas inquisitorias y tampoco quería mentirle más de lo necesario. Se deshizo del anorak y de las botas, y subió a toda prisa las escaleras que conducían al piso de arriba. Se despojó de aquellas ropas encharcadas y se apresuró a cambiarse antes de que lo cogiese el frío. Pero ya era demasiado tarde, al cabo de una hora sus mejillas y sus sienes estaban ardiendo. Carla presintió que algo no iba bien tras el desayuno. Matías se ausentó de la librería, a pesar de que los pedidos atrasados, se amontonaban en las estanterías del establecimiento. A la hora de comer, colgó el cartel de cerrado, y subió apresuradamente en busca de una buena explicación. Se encontró al anciano tumbado en el sofá, envuelto en una manta, tiritando y semiinconsciente. Alarmada, corrió hacia la casa del médico. Estaba tan enfadada con él que un par de veces estuvo a punto de dar vuelta, y darle así una buena lección. Era un cabezota, pero no podía permitir que le ocurriese nada malo, después de lo bien que se había portado con ella. Don Ramón le extendió un par de recetas, y le explicó a Carla como había de darle el medicamento a Matías.
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lunes, 20 de septiembre de 2010
UNA PARTIDA DE AJEDREZ(X)
La brisa atravesaba el valle en un intento de acariciar cada uno de los seres que la habitaban. Revolvía el pelo de Manuel hacia delante y hacia atrás, incluso hacía remolinos que, de vez en cuando le dificultaban la visión. Entró al pueblo por la calle principal, en el mismo momento en el que el astro rey hacía su aparición tras las montañas, arrastrando los pies contra el negro asfalto. Llevaba toda la noche caminando, y sus doloridos pies pedían a gritos un descanso.
- Ya falta poco- les dijo, como si tuviesen vida propia. Y tras girar en la primera esquina, avistó la casa de su amigo Tomás. Tomó aliento durante un instante y luego estampó varias veces sus nudillos sobre aquella puerta maciza. No se oía nada.
- Quizá,- pensó- aún duerma. Pero el desasosiego comenzó a apoderarse de su alma. Volvió a golpear de nuevo la puerta, y al cabo de unos minutos una voz ronca preguntó: ¿quién anda ahí?
- Abre Tomás, soy yo, tu amigo Manuel.
La puerta se entreabrió despacio, y tras ella, un anciano encorvado se apoyaba en un andador. Manuel dejó caer la mochila al suelo, y estrechó delicadamente entre sus brazos a su amigo. Habían pasado tantos años que la emoción los embargó inevitablememte. En cuánto se repusieron del encuentro, Tomás condujo a su amigo al interior de la casa, y allí frente al hogar, ambos dieron cuenta de los veinte años que llevaban sin verse.
- Ya falta poco- les dijo, como si tuviesen vida propia. Y tras girar en la primera esquina, avistó la casa de su amigo Tomás. Tomó aliento durante un instante y luego estampó varias veces sus nudillos sobre aquella puerta maciza. No se oía nada.
- Quizá,- pensó- aún duerma. Pero el desasosiego comenzó a apoderarse de su alma. Volvió a golpear de nuevo la puerta, y al cabo de unos minutos una voz ronca preguntó: ¿quién anda ahí?
- Abre Tomás, soy yo, tu amigo Manuel.
La puerta se entreabrió despacio, y tras ella, un anciano encorvado se apoyaba en un andador. Manuel dejó caer la mochila al suelo, y estrechó delicadamente entre sus brazos a su amigo. Habían pasado tantos años que la emoción los embargó inevitablememte. En cuánto se repusieron del encuentro, Tomás condujo a su amigo al interior de la casa, y allí frente al hogar, ambos dieron cuenta de los veinte años que llevaban sin verse.
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martes, 7 de septiembre de 2010
UNA PARTIDA DE AJEDREZ(IX)
Esa noche Carla no pudo dormir. Su corazón se agitaba dentro del pecho como un conejillo asustado y sus ojos se mantenían fijos en la luna. No paraba de darle vueltas a aquel asunto. Si cerca de ella se encontraba una de aquellas figuras malditas, no tenía ni la menor idea de donde podía estar. Intentaba ordenar sus pensamientos pero su razón le decía que aquello era sólo un cuento; un cuento para niños, o aún peor, un juego para locos. Como podía depender de unas simples figuras el orden mundial. En que cabeza cabría pensar que su poder fuese tan ilimitado que se produjesen asesinatos y todo tipo de tropelías. Barajando todas estas hipótesis, al fin le sobrevino el sueño, ya de madrugada.
Manuel recibió el alta esa tarde, a pesar del altercado que había protagonizado hacía un mes. El cuadro médico no se lo tuvo en cuenta. Los había convencido con un buen comportamiento durante aquel tiempo. Ya eran demasiados años, en aquel lugar, del que entraba y salía a su antojo. Todos sabían que era el más cuerdo en aquel centro, y a pesar del hincapié que se hizo en su caso, nunca lograron averigüar que llevaba a aquel hombre tan culto y educado , a ingresarse voluntariamente en el psiquiátrico. Supusieron que un desengaño amoroso lo había llevado a aquel estado. Nunca sabrían lo lejos que estaban de la verdad.
Recogió sus cosas y acabó de meterlas en aquella mochila de cuero que llevaba acompañándole tanto tiempo. Ajada por el uso, las esquinas se habían ido deshilachando, dejando entrever parte de su contenido. Se la puso al hombro y tras cruzar la entrada, tomó el mismo camino empedrado que Carla había recorrido durante su salida. Debía de darse prisa si quería llegar a La Seu D´Urgell antes de que anocheciese.
Manuel recibió el alta esa tarde, a pesar del altercado que había protagonizado hacía un mes. El cuadro médico no se lo tuvo en cuenta. Los había convencido con un buen comportamiento durante aquel tiempo. Ya eran demasiados años, en aquel lugar, del que entraba y salía a su antojo. Todos sabían que era el más cuerdo en aquel centro, y a pesar del hincapié que se hizo en su caso, nunca lograron averigüar que llevaba a aquel hombre tan culto y educado , a ingresarse voluntariamente en el psiquiátrico. Supusieron que un desengaño amoroso lo había llevado a aquel estado. Nunca sabrían lo lejos que estaban de la verdad.
Recogió sus cosas y acabó de meterlas en aquella mochila de cuero que llevaba acompañándole tanto tiempo. Ajada por el uso, las esquinas se habían ido deshilachando, dejando entrever parte de su contenido. Se la puso al hombro y tras cruzar la entrada, tomó el mismo camino empedrado que Carla había recorrido durante su salida. Debía de darse prisa si quería llegar a La Seu D´Urgell antes de que anocheciese.
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domingo, 5 de septiembre de 2010
UNA PARTIDA DE AJEDREZ (VIII)
Ella estaba muerta de curiosidad pero temía inmiscuirse en la investigación de su compañero. Matías, durante un momento, levantó la vista y percibió la exhaltación en los ojos de su amiga.
- Creía recordar - comenzó diciendo - que hace años en alguno de estos libros había leído algo curioso sobre un ajedrez. Pero mi frágil memora de viejo no me está ayudando.
- ¿Y qué tenía de especial? - le espetó. Y se dio cuenta de la brusquedad con la que había preguntado. Quiero decir - continuó- que no entiendo, que tendría que ver ese ajedrez del que me hablas, conmigo.
Matías no le contestó. Siguió ojeando sus libros hasta que al cabo de un rato salió de su mutismo. Pegó un brinco y señalando con su índice aquella página no paraba de gritar:¡¡¡¡ Lo encontré , lo encontré!!!!!!! Estaba tan entusiasmado con su hallazgo que no se percató de que Carla ya no estaba en aquella habitación. Matías no la necesitaba y creyó que podría ser más útil en la librería. Así que bajó a la tienda a preparar un par de pedidos que habían tenido esa semana. Y allí la encontró él, cuando eufórico, fue a buscarla. Estaba tan nervioso y feliz a la vez, que antes de contarle su hallazgo la estrechó entre sus brazos con tal fuerza que Carla sintió como se mareaba.
- ¡Ven, creo que he encontrado la solución!- le dijo entre risas.
- Creía recordar - comenzó diciendo - que hace años en alguno de estos libros había leído algo curioso sobre un ajedrez. Pero mi frágil memora de viejo no me está ayudando.
- ¿Y qué tenía de especial? - le espetó. Y se dio cuenta de la brusquedad con la que había preguntado. Quiero decir - continuó- que no entiendo, que tendría que ver ese ajedrez del que me hablas, conmigo.
Matías no le contestó. Siguió ojeando sus libros hasta que al cabo de un rato salió de su mutismo. Pegó un brinco y señalando con su índice aquella página no paraba de gritar:¡¡¡¡ Lo encontré , lo encontré!!!!!!! Estaba tan entusiasmado con su hallazgo que no se percató de que Carla ya no estaba en aquella habitación. Matías no la necesitaba y creyó que podría ser más útil en la librería. Así que bajó a la tienda a preparar un par de pedidos que habían tenido esa semana. Y allí la encontró él, cuando eufórico, fue a buscarla. Estaba tan nervioso y feliz a la vez, que antes de contarle su hallazgo la estrechó entre sus brazos con tal fuerza que Carla sintió como se mareaba.
- ¡Ven, creo que he encontrado la solución!- le dijo entre risas.
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jueves, 2 de septiembre de 2010
UNA PARTIDA DE AJEDREZ(VII)
Carla despertó justo al alba, como cada mañana desde hacía un mes. Sebastián era más puntual que cualquier reloj suizo; en el preciso instante en el que el primer rayo de sol despuntaba en el horizonte, hinchaba sus pulmones y luego soltaba su kirikiki como si dispusiese de mil vatios de sonido. La primera mañana, la joven sobresaltada, se levantó echa un basilisco, y al abrir la ventana, no se le ocurrió mejor idea que lanzarle un vaso de agua. Sebastián herido en su orgullo, se tomó a pecho su cometido, y a partir de ese día decidió que el tejado del vecino era un lugar mejor para dar la bienvenida al nuevo día. Sin embargo, al cabo del tiempo entre ellos se estableció una tregua. Carla arrepentida, comenzó a dejarle, en el alféizar de su ventana, unas migas de pan, y él en agradecimiento se contorneaba durante unos minutos, exhibiendo su plumaje.
Cuando bajó, Matías ya estaba enfaenado en la cocina. El olor que emanaba de la cafetera inundaba toda la estancia, y se mezclaba con cada uno de los ruidos que salían de alguna parte de la encimera. Se sentó en una esquina dispuesta a deleitarse con la sinfonía que interpretaba cada uno de los aparatos. En la sartén el crepitar del bacon se fundía con los gorjeos de la cafetera, y en la otra punta, los chasquidos de las tostadas emulaban unos timbales lejanos. Y Matias, espumadera en mano, dirigía son sobriedad y talento aquella magnífica orquesta; digna de las mejores óperas del mundo.
Se habían acostumbrado el uno al otr4o. Carla no tenía prisa por irse. Nadie la esperaba, tampoco tenía a donde ir. Y Matías, aunque reacio a que se le notase, guardaba para su fuero interno la felicidad que le producía tenerla, a ella, en casa. Como en los viejos tiempos, cuando Irene y él coparían su vida en aquel lugar.
Cuando bajó, Matías ya estaba enfaenado en la cocina. El olor que emanaba de la cafetera inundaba toda la estancia, y se mezclaba con cada uno de los ruidos que salían de alguna parte de la encimera. Se sentó en una esquina dispuesta a deleitarse con la sinfonía que interpretaba cada uno de los aparatos. En la sartén el crepitar del bacon se fundía con los gorjeos de la cafetera, y en la otra punta, los chasquidos de las tostadas emulaban unos timbales lejanos. Y Matias, espumadera en mano, dirigía son sobriedad y talento aquella magnífica orquesta; digna de las mejores óperas del mundo.
Se habían acostumbrado el uno al otr4o. Carla no tenía prisa por irse. Nadie la esperaba, tampoco tenía a donde ir. Y Matías, aunque reacio a que se le notase, guardaba para su fuero interno la felicidad que le producía tenerla, a ella, en casa. Como en los viejos tiempos, cuando Irene y él coparían su vida en aquel lugar.
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lunes, 19 de julio de 2010
UNA PARTIDA DE AJEDREZ(VI)
Tras pegarse una ducha, Carla sin otra elección se vistió de nuevo con su único atuendo, que Mario tan atentamente había lavado y planchado. Decidió acompañarlo en sus quehaceres, y así pagarle de alguna manera, todo cuánto estaba haciendo por ella. Sentada a su lado lo emuló y con una bayeta fue limpiando el polvo acumulado en el lomo de los libros. Durante un buen rato, ambos se mantuvieron en silencio, sólo de vez en cuando sus miradas se cruzaban e intercambiaban tímidas sonrisas. Tenía tantas preguntas que hacerle pero temía contrariarle, y la verdad, se había portado tan bien con ella que le angustiaba molestar a tan encantador anciano. Pero la curiosidad por obtener alguna respuesta hizo que rompiese aquella barrera y se atreviese a indagar.
- Supongo, que el camisón es de su esposa.
- Si. En efecto - le contestó tajante el librero.
- Perdone que me entrometa en su vida- continuó Carla- pero compréndame, he despertado en un lugar extraño donde no conozco a nadie y...
- Tienes razón- la interrumpió él- me he comportado como un verdadero maleducado. Espero que sepas perdonar a este pobre viejo. Llevo tanto tiempo solo que a veces me doy cuenta de lo huraño que puedo llegar a ser.
- Pero..
- Supongo, que el camisón es de su esposa.
- Si. En efecto - le contestó tajante el librero.
- Perdone que me entrometa en su vida- continuó Carla- pero compréndame, he despertado en un lugar extraño donde no conozco a nadie y...
- Tienes razón- la interrumpió él- me he comportado como un verdadero maleducado. Espero que sepas perdonar a este pobre viejo. Llevo tanto tiempo solo que a veces me doy cuenta de lo huraño que puedo llegar a ser.
- Pero..
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jueves, 15 de julio de 2010
UNA PARTIDA DE AJEDREZ (V)
Carla hundió sus manos en los bolsillos del pantalón. El verano tocaba a su fin y la brisa matutina se colaba en sus huesos. Decidida a comenzar de nuevo siguió caminando sin prever una ruta, esperando encontrar al final de aquel camino, alguna señal. A medida que avanzaba, aquella angosta carretera se mostró ante si como un río serpenteante, que cambia su curso para no adentrarse en la naturaleza. Parecía no tener fin. El sol ya estaba casi en lo alto, y en todo aquel tiempo, ningún ser humano había dado señales de vida. El desasosiego empezaba a apoderarse de sus ánimos, y con los pies doloridos, algo dentro de si la empujaba a abandonarse a su suerte. Se sentó en la cuneta y dejó que los párpados se le cerrasen. Quizá, aquello era lo que le deparaba el futuro, una muerte irremediable pondría así fin a su triste existencia.
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sábado, 3 de julio de 2010
UNA PARTIDA DE AJEDREZ (IV)
Tras la trifulca los internos comenzaron a salir al patio, sentados en los bancos que poblaban aquel jardín, disfrutaban de los primeros rayos que se colaban entre los majestuosos camelios. Alguno por su avanzada edad necesitaba de ayuda para desplazarse, enfermeras y celadores los conducían hasta el lugar elegido por cada uno, y aquellos uniformes blancos que iban y venían rompían la perfección cromática de aquel cuadro. Carla seguía dándole vueltas a la frase, seguro que el acertijo es fácil - pensó, pero esta mierda de medicación no deja que me concentre. Se le ocurrió que si pudiese tener acceso a un ordenador, a través de Internet, podría intentar dar con una solución. Había varios en el edificio, uno en la entrada, pero las recepcionistas no abandonaban su puesto en todo el día, el segundo estaba en el despacho de la directora, que a esas horas aún estaba trabajando y el tercero, estaba en la consulta de Luca de Tena, el psiquiatra. Corrió hacia la entrada, burlando a su paso a todo aquel que podía desbaratar la idea que había tenido. El despacho estaba en la primera planta, y la cafetería aunque en el mismo piso, estaba situada en el ala sur del edificio. Sólo necesitaba esperar hasta las once, a esa hora todas las mañanas como un reloj, el doctor hacía un alto en el camino y durante media hora tomaba su café y hojeaba la prensa. Faltaban cinco minutos, se coló en el cuarto de la ropa sucia, y allí entre montones de camisones y sábanas espero a tener vía libre. Pasaban diez minutos de las once y oyó como la puerta del despacho se abría, unas voces que sonaban lejanas acordaban una reunión para el día siguiente a la misma hora. Se despidieron mientras que la llave giraba en la cerradura. Los pasos fueron alejándose hasta que el claqueteo se perdió en la lejanía del pasillo; era el momento de ponerse manos a la obra. Necesitaba algo metálico para abrir la cerradura, un alambre, una horquilla del pelo, pero todos sus objetos personales le habían sido requisados una vez había entrado, para preservar así la seguridad de todos los internos.
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viernes, 2 de julio de 2010
UNA PARTIDA DE AJEDREZ (III)
Carla aún llegó a tiempo de colocarse en la fila; pero dos gorilas franqueaban la puerta mientras que el primer grupo, que había entrado, ocupaba su sitio. Los miró de soslayo, se imaginó dos armarios de Ikea de esos de fácil montaje y una sonrisa se dibujó en su cara, hasta que sus miradas se cruzaron con la de ella. Agachó la cabeza creyendo que así la perderían de vista, con esa creencia que tenemos todos cuando somos niños, con esa que nos hacía mirar hacia el suelo, intentando esquivar la mirada inquisitoria del profesor que buscaba voluntarios para salir al encerado. Pero Carla sabía que no sirve de nada esconderse cuando el "profe" te tiene manía: su experiencia en aquel lugar se lo corroboraba cada día que transcurría. Y mientras en su imaginación seguía agazapada, sintió como una zarpa se hundía en su brazo. Las piernas comenzaron a temblarle y temió levantar la vista. Se había comportado como una verdadera idiota y aquel traspiés podía costarle un buen retraso en su salida. Con el chivatazo de un simple celador, como eran aquellos dos, ya podía despedirse de su tan ansiada libertad.
- ¡ Buenos días, Carla! - le espetó sonriente el celador, que aún la mantenía agarrada.
- ¡ Buenos días, Teo! - contestó timidamente.
- He pensado - continuó- que siendo estos tus últimos días entre nosotros bien te mereces no tener que esperar esta cola tan larga. Así que si te parece bien, voy a colarte - le susurró al oído.
- Me parece una idea estupenda - apostilló rápidamente, intentando que se notase lo menos posible el ataque de ansiedad que estaba sufriendo en aquel momento. Con la otra mano se sacó el pelo de delante de la cara con la mayor naturalidad posible y acompañó al celador hasta la entrada. Se despidieron con una mueca de aprobación por ambas partes, y la joven con paso firme, se dirigió a la mesa en la que desayunaba habitualmente.
- ¡ Buenos días, Carla! - le espetó sonriente el celador, que aún la mantenía agarrada.
- ¡ Buenos días, Teo! - contestó timidamente.
- He pensado - continuó- que siendo estos tus últimos días entre nosotros bien te mereces no tener que esperar esta cola tan larga. Así que si te parece bien, voy a colarte - le susurró al oído.
- Me parece una idea estupenda - apostilló rápidamente, intentando que se notase lo menos posible el ataque de ansiedad que estaba sufriendo en aquel momento. Con la otra mano se sacó el pelo de delante de la cara con la mayor naturalidad posible y acompañó al celador hasta la entrada. Se despidieron con una mueca de aprobación por ambas partes, y la joven con paso firme, se dirigió a la mesa en la que desayunaba habitualmente.
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jueves, 1 de julio de 2010
UNA PARTIDA DE AJEDREZ (II)
El chirriar de unas ruedas que se acercaban, interrumpió su sueño. Deben ser las 8 - pensó Carla. La doberman empezaba con su rutina matutina despertando a su paso a todo el mundo. De un manotazo abrió la puerta de la habitación, y con la otra mano empujó el carrito contra ella para que esta no se cerrase. Se acercó a la ventana y descorrió violentamente las cortinas a la vez que les profería toda clase de insultos a las moradoras de aquella habitación. Una a una se fueron desperezando pero a Carla le gustaba sacarla de sus casillas. Se hacía la dormida, hasta que la celadora fuera de si se acercaba a zarandearla. Siempre esperaba hasta el tercer o cuarto empujón, para abrir sus ojos, y luego se disculpaba amablemente con una sonrisa pícara. Desde el primer día, culpó al exceso de medicación de su falta de obediencia, y aquel juego la mantenía entretenida en aquel lugar donde los días duraban 72 horas. Incluso con el tiempo logró convencer al psiquiatra para que se la redujese. No había sido fácil; pero aquel anciano, tras cuatro décadas allí encerrado, estaba cansado de pelear y se dejaba ir como método para no complicarse la vida. Aquella mañana Carla se sentía especialmente feliz porque esa misma semana se cumplía la fecha marcada. Al fin los cinco años de internamiento habrían terminado y volvería a retomar su vida donde la había dejado. Ansiaba tanto su libertad pero a la vez el miedo a salir al exterior le asustaba terriblemente. Durante todos aquellos años había tenido tiempo, más que suficiente, para repasar mentalmente lo sucedido en el mes que precedió a su encerramiento. Pero cuántas más vueltas le daba, menos sentido tenía todo para ella . No había ni una sola explicación lógica, al menos, los asesinatos habían cesado. A veces, a pesar de que el dictamen forense le había sido favorable, creía estar loca o que la sensatez la abandonaba más veces de lo habitual en cualquier ser humano. Acusada de homicidio por imprudencia, el tribunal dictaminó que su discernimiento se había visto afectado momentaneamente ante los sucesos acontecidos, o dicho en la jerga jurídica: "locura transitoria o trastorno de la personalidad transitorio". El jurado popular también había tenido mucho que ver en el hecho de que Carla no hubiese terminado con sus huesos en la cárcel. Por decisión unánime solicitaron al tribunal, que al no poseer ningún tipo de antecedente, la pena de prisión mayor requerida por el fiscal se tradujese en el internamiento en un centro de salud mental por el tiempo que su señoría estipulase.
La sirena sonaba al fondo del pasillo, rebotando en cada una de las paredes y haciendo un ruido hueco que se mezclaba con el anterior; era la hora del desayuno. Y si no se daba prisa, la doberman le arrebataría la bandeja como ya había hecho otras veces. Entornó la ventana lo suficiente para que quedase una rendija, y que así el humo del cigarrillo robado no pudiese ser detectado. Bajo a toda prisa. Aún no lo sabía pero le esperaban un día muy largo.
La sirena sonaba al fondo del pasillo, rebotando en cada una de las paredes y haciendo un ruido hueco que se mezclaba con el anterior; era la hora del desayuno. Y si no se daba prisa, la doberman le arrebataría la bandeja como ya había hecho otras veces. Entornó la ventana lo suficiente para que quedase una rendija, y que así el humo del cigarrillo robado no pudiese ser detectado. Bajo a toda prisa. Aún no lo sabía pero le esperaban un día muy largo.
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viernes, 25 de junio de 2010
UNA PARTIDA DE AJEDREZ
Carla apagó el despertador de un manotazo y saltó de la cama. Encendió el primer cigarrillo de la mañana y se colocó frente al tablero, estudiando detenidamente la última jugada de su adversario, hasta que el silbido de la cafetera la despertó de su letargo. No tenía ni la más remota idea de cómo proseguir, se sentía bloqueada. Hacía días que un rum- rum nublaba su pensamiento, y el aire enrarecido que se respiraba en aquella buhardilla tampoco le ayudaba demasiado. Así que cogió las llaves del coche y con la otra mano asió el bolso de bandolera que descansaba sobre la repisa de la ventana. Aquella mañana la ciudad parecía un hormiguero, atestada de vehículos y gentes que iban y venían de un lugar a otro. En la primera manzana torció a la izquierda, buscando el camino más corto que la llevase hasta el mar, pero al cabo de unos minutos el tráfico se detuvo. Unos cuántos coches más adelante, la luz de las sirenas teñían los rostros de los que allí se apiñaban. En un arranque de paciencia puso en marcha el CD del coche, esperando que aquella fatídica casualidad no la retrasase demasiado. Pero los minutos iban pasando y sin pensárselo dos veces bajo del coche intentando averiguar lo que había sucedido. Al acercarse, un cordón policial pedía reiteradamente al grupo que se mantuviese separado, aunque sin lograrlo. Como pudo fue haciéndose un hueco entre aquella marabunta, y al fin la vio: una joven tendida en el suelo nadaba en medio de su propia sangre. La mujer que tenía al lado le informó, al tiempo que se secaba las lágrimas, que la pobre muchacha había sido asesinada, y que de momento los investigadores no tenían ninguna pista. El olor de la sangre turbó aún más el estado de ánimo de Carla, que decidió en aquel preciso instante, que lo mejor era volver a casa. De camino paró para hacer unas compras, por que pensó que le vendría bien tener algo en la nevera, por si le apetecía comer. Al llegar, llevó todas las bolsas a la cocina y se dispuso a preparar una ensalada. Lavó la lechuga, picó el tomate, y de repente sintió la urgente necesidad de volver a su partida de ajedrez. Y allí estaba aquel maldito tablero, que desde su infancia, sólo le daba quebraderos de cabeza. Aún no había encontrado la jugada, no entendía que la empujaba a acercarse. Al principio no notó nada, pero en una segunda ojeada se dio cuenta de que alguien había estado allí, el alfil no estaba en su sitio. Alguien había resuelto la jugada. Corrió hacia la cocina y agarró el primer cuchillo que encontró, quizá el intruso aún seguía dentro de la casa. Una por una fue recorriendo todas las habitaciones pero allí no había nadie además de ella. Se acurrucó en el sofá, con un vaso y una botella de whisky, abrumada por todos aquellos acontecimientos que escapaban a su entendimiento.
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3:05