Tras la trifulca los internos comenzaron a salir al patio, sentados en los bancos que poblaban aquel jardín, disfrutaban de los primeros rayos que se colaban entre los majestuosos camelios. Alguno por su avanzada edad necesitaba de ayuda para desplazarse, enfermeras y celadores los conducían hasta el lugar elegido por cada uno, y aquellos uniformes blancos que iban y venían rompían la perfección cromática de aquel cuadro. Carla seguía dándole vueltas a la frase, seguro que el acertijo es fácil - pensó, pero esta mierda de medicación no deja que me concentre. Se le ocurrió que si pudiese tener acceso a un ordenador, a través de Internet, podría intentar dar con una solución. Había varios en el edificio, uno en la entrada, pero las recepcionistas no abandonaban su puesto en todo el día, el segundo estaba en el despacho de la directora, que a esas horas aún estaba trabajando y el tercero, estaba en la consulta de Luca de Tena, el psiquiatra. Corrió hacia la entrada, burlando a su paso a todo aquel que podía desbaratar la idea que había tenido. El despacho estaba en la primera planta, y la cafetería aunque en el mismo piso, estaba situada en el ala sur del edificio. Sólo necesitaba esperar hasta las once, a esa hora todas las mañanas como un reloj, el doctor hacía un alto en el camino y durante media hora tomaba su café y hojeaba la prensa. Faltaban cinco minutos, se coló en el cuarto de la ropa sucia, y allí entre montones de camisones y sábanas espero a tener vía libre. Pasaban diez minutos de las once y oyó como la puerta del despacho se abría, unas voces que sonaban lejanas acordaban una reunión para el día siguiente a la misma hora. Se despidieron mientras que la llave giraba en la cerradura. Los pasos fueron alejándose hasta que el claqueteo se perdió en la lejanía del pasillo; era el momento de ponerse manos a la obra. Necesitaba algo metálico para abrir la cerradura, un alambre, una horquilla del pelo, pero todos sus objetos personales le habían sido requisados una vez había entrado, para preservar así la seguridad de todos los internos.
sábado, 3 de julio de 2010
viernes, 2 de julio de 2010
UNA PARTIDA DE AJEDREZ (III)
Carla aún llegó a tiempo de colocarse en la fila; pero dos gorilas franqueaban la puerta mientras que el primer grupo, que había entrado, ocupaba su sitio. Los miró de soslayo, se imaginó dos armarios de Ikea de esos de fácil montaje y una sonrisa se dibujó en su cara, hasta que sus miradas se cruzaron con la de ella. Agachó la cabeza creyendo que así la perderían de vista, con esa creencia que tenemos todos cuando somos niños, con esa que nos hacía mirar hacia el suelo, intentando esquivar la mirada inquisitoria del profesor que buscaba voluntarios para salir al encerado. Pero Carla sabía que no sirve de nada esconderse cuando el "profe" te tiene manía: su experiencia en aquel lugar se lo corroboraba cada día que transcurría. Y mientras en su imaginación seguía agazapada, sintió como una zarpa se hundía en su brazo. Las piernas comenzaron a temblarle y temió levantar la vista. Se había comportado como una verdadera idiota y aquel traspiés podía costarle un buen retraso en su salida. Con el chivatazo de un simple celador, como eran aquellos dos, ya podía despedirse de su tan ansiada libertad.
- ¡ Buenos días, Carla! - le espetó sonriente el celador, que aún la mantenía agarrada.
- ¡ Buenos días, Teo! - contestó timidamente.
- He pensado - continuó- que siendo estos tus últimos días entre nosotros bien te mereces no tener que esperar esta cola tan larga. Así que si te parece bien, voy a colarte - le susurró al oído.
- Me parece una idea estupenda - apostilló rápidamente, intentando que se notase lo menos posible el ataque de ansiedad que estaba sufriendo en aquel momento. Con la otra mano se sacó el pelo de delante de la cara con la mayor naturalidad posible y acompañó al celador hasta la entrada. Se despidieron con una mueca de aprobación por ambas partes, y la joven con paso firme, se dirigió a la mesa en la que desayunaba habitualmente.
- ¡ Buenos días, Carla! - le espetó sonriente el celador, que aún la mantenía agarrada.
- ¡ Buenos días, Teo! - contestó timidamente.
- He pensado - continuó- que siendo estos tus últimos días entre nosotros bien te mereces no tener que esperar esta cola tan larga. Así que si te parece bien, voy a colarte - le susurró al oído.
- Me parece una idea estupenda - apostilló rápidamente, intentando que se notase lo menos posible el ataque de ansiedad que estaba sufriendo en aquel momento. Con la otra mano se sacó el pelo de delante de la cara con la mayor naturalidad posible y acompañó al celador hasta la entrada. Se despidieron con una mueca de aprobación por ambas partes, y la joven con paso firme, se dirigió a la mesa en la que desayunaba habitualmente.
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2:08
jueves, 1 de julio de 2010
UNA PARTIDA DE AJEDREZ (II)
El chirriar de unas ruedas que se acercaban, interrumpió su sueño. Deben ser las 8 - pensó Carla. La doberman empezaba con su rutina matutina despertando a su paso a todo el mundo. De un manotazo abrió la puerta de la habitación, y con la otra mano empujó el carrito contra ella para que esta no se cerrase. Se acercó a la ventana y descorrió violentamente las cortinas a la vez que les profería toda clase de insultos a las moradoras de aquella habitación. Una a una se fueron desperezando pero a Carla le gustaba sacarla de sus casillas. Se hacía la dormida, hasta que la celadora fuera de si se acercaba a zarandearla. Siempre esperaba hasta el tercer o cuarto empujón, para abrir sus ojos, y luego se disculpaba amablemente con una sonrisa pícara. Desde el primer día, culpó al exceso de medicación de su falta de obediencia, y aquel juego la mantenía entretenida en aquel lugar donde los días duraban 72 horas. Incluso con el tiempo logró convencer al psiquiatra para que se la redujese. No había sido fácil; pero aquel anciano, tras cuatro décadas allí encerrado, estaba cansado de pelear y se dejaba ir como método para no complicarse la vida. Aquella mañana Carla se sentía especialmente feliz porque esa misma semana se cumplía la fecha marcada. Al fin los cinco años de internamiento habrían terminado y volvería a retomar su vida donde la había dejado. Ansiaba tanto su libertad pero a la vez el miedo a salir al exterior le asustaba terriblemente. Durante todos aquellos años había tenido tiempo, más que suficiente, para repasar mentalmente lo sucedido en el mes que precedió a su encerramiento. Pero cuántas más vueltas le daba, menos sentido tenía todo para ella . No había ni una sola explicación lógica, al menos, los asesinatos habían cesado. A veces, a pesar de que el dictamen forense le había sido favorable, creía estar loca o que la sensatez la abandonaba más veces de lo habitual en cualquier ser humano. Acusada de homicidio por imprudencia, el tribunal dictaminó que su discernimiento se había visto afectado momentaneamente ante los sucesos acontecidos, o dicho en la jerga jurídica: "locura transitoria o trastorno de la personalidad transitorio". El jurado popular también había tenido mucho que ver en el hecho de que Carla no hubiese terminado con sus huesos en la cárcel. Por decisión unánime solicitaron al tribunal, que al no poseer ningún tipo de antecedente, la pena de prisión mayor requerida por el fiscal se tradujese en el internamiento en un centro de salud mental por el tiempo que su señoría estipulase.
La sirena sonaba al fondo del pasillo, rebotando en cada una de las paredes y haciendo un ruido hueco que se mezclaba con el anterior; era la hora del desayuno. Y si no se daba prisa, la doberman le arrebataría la bandeja como ya había hecho otras veces. Entornó la ventana lo suficiente para que quedase una rendija, y que así el humo del cigarrillo robado no pudiese ser detectado. Bajo a toda prisa. Aún no lo sabía pero le esperaban un día muy largo.
La sirena sonaba al fondo del pasillo, rebotando en cada una de las paredes y haciendo un ruido hueco que se mezclaba con el anterior; era la hora del desayuno. Y si no se daba prisa, la doberman le arrebataría la bandeja como ya había hecho otras veces. Entornó la ventana lo suficiente para que quedase una rendija, y que así el humo del cigarrillo robado no pudiese ser detectado. Bajo a toda prisa. Aún no lo sabía pero le esperaban un día muy largo.
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1:57
viernes, 25 de junio de 2010
Historias por Capítulos
Como sé que a algunos os gusta narrar historias de forma extensa, quizá demasiado largas para un artículo del blog y que conviene dividirlas en capítulos.
Se ha creado un menú a la derecha para ir agregando las historias de más de un capítulo y que los lectores no tengan que andar buscándolos entre los archivos del blog. Con un clic, ya aparecen todos, eso sí, ordenados de antiguos a nuevos, habría que empezar a leer por el último si se quieren leer seguidos.
Para facilitar la organización, debereis agregar como "etiqueta" a cada artículo, el título de la historia. Luego le pondré que se muestre esa etiqueta y aparecerán todos los capítulos al pinchar en este menú.
Pues nada, a disfrutar del buen tiempo.
Se ha creado un menú a la derecha para ir agregando las historias de más de un capítulo y que los lectores no tengan que andar buscándolos entre los archivos del blog. Con un clic, ya aparecen todos, eso sí, ordenados de antiguos a nuevos, habría que empezar a leer por el último si se quieren leer seguidos.
Para facilitar la organización, debereis agregar como "etiqueta" a cada artículo, el título de la historia. Luego le pondré que se muestre esa etiqueta y aparecerán todos los capítulos al pinchar en este menú.
Pues nada, a disfrutar del buen tiempo.
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Serch
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15:06
UNA PARTIDA DE AJEDREZ
Carla apagó el despertador de un manotazo y saltó de la cama. Encendió el primer cigarrillo de la mañana y se colocó frente al tablero, estudiando detenidamente la última jugada de su adversario, hasta que el silbido de la cafetera la despertó de su letargo. No tenía ni la más remota idea de cómo proseguir, se sentía bloqueada. Hacía días que un rum- rum nublaba su pensamiento, y el aire enrarecido que se respiraba en aquella buhardilla tampoco le ayudaba demasiado. Así que cogió las llaves del coche y con la otra mano asió el bolso de bandolera que descansaba sobre la repisa de la ventana. Aquella mañana la ciudad parecía un hormiguero, atestada de vehículos y gentes que iban y venían de un lugar a otro. En la primera manzana torció a la izquierda, buscando el camino más corto que la llevase hasta el mar, pero al cabo de unos minutos el tráfico se detuvo. Unos cuántos coches más adelante, la luz de las sirenas teñían los rostros de los que allí se apiñaban. En un arranque de paciencia puso en marcha el CD del coche, esperando que aquella fatídica casualidad no la retrasase demasiado. Pero los minutos iban pasando y sin pensárselo dos veces bajo del coche intentando averiguar lo que había sucedido. Al acercarse, un cordón policial pedía reiteradamente al grupo que se mantuviese separado, aunque sin lograrlo. Como pudo fue haciéndose un hueco entre aquella marabunta, y al fin la vio: una joven tendida en el suelo nadaba en medio de su propia sangre. La mujer que tenía al lado le informó, al tiempo que se secaba las lágrimas, que la pobre muchacha había sido asesinada, y que de momento los investigadores no tenían ninguna pista. El olor de la sangre turbó aún más el estado de ánimo de Carla, que decidió en aquel preciso instante, que lo mejor era volver a casa. De camino paró para hacer unas compras, por que pensó que le vendría bien tener algo en la nevera, por si le apetecía comer. Al llegar, llevó todas las bolsas a la cocina y se dispuso a preparar una ensalada. Lavó la lechuga, picó el tomate, y de repente sintió la urgente necesidad de volver a su partida de ajedrez. Y allí estaba aquel maldito tablero, que desde su infancia, sólo le daba quebraderos de cabeza. Aún no había encontrado la jugada, no entendía que la empujaba a acercarse. Al principio no notó nada, pero en una segunda ojeada se dio cuenta de que alguien había estado allí, el alfil no estaba en su sitio. Alguien había resuelto la jugada. Corrió hacia la cocina y agarró el primer cuchillo que encontró, quizá el intruso aún seguía dentro de la casa. Una por una fue recorriendo todas las habitaciones pero allí no había nadie además de ella. Se acurrucó en el sofá, con un vaso y una botella de whisky, abrumada por todos aquellos acontecimientos que escapaban a su entendimiento.
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fini
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3:05
jueves, 24 de junio de 2010
De como conocí a Georges Courteline
Hoy ha llegado una chica nueva a la oficina. Al principio, la sección masculina de la empresa, estábamos muy ilusionados. Que asco de testosterona!!! Pero luego no resultó ser lo que esperábamos y hemos vuelto a concentrarnos en nuestro trabajo. Bueno, 'hemos', yo no. El caso es que 'la nueva' ha ocupado mi sitio y a mi me han trasladado a otra mesa, al fondo de la oficina y castigado contra la pared.
La pared del fondo de la oficina es de corcho y en ella están dispuestos como en un collage diferentes postales, fotos, artículos de periódico, pósters de congresos, etc. que la gente de la empresa va colgando cuando vuelve de un viaje o de unas conferencias. Actualmente la colección puede estar formada por más de trescientos elementos a lo largo de toda la pared. Ya llevo dos mañanas perdidas viajando entre postales de Lisboa, Vancouver, París o Estocolmo.
Pero lo que más me llama la atención es un sobre de azúcar, clavado con una chincheta, entre una postal de Australia y una felicitación de Navidad. Recuerdo que antes de ocupar yo este sitio, aquí se hospedaba otro trabajador que siempre renegaba de bajar al café de las doce por más que se le insistiera. Supongo que lo del azucarillo será una fina ironía perpetrada por alguno de los compañeros.
Digo lo de fina ironía, por ser un poco sutil, pero lo cierto es que después de leer el mensaje serigrafiado en el reverso del sobre la cosa queda bastante clara, y más que ironía resulta una putada. El sobre reza lo siguiente:
"El mundo se divide en dos clases: los que van al café y los que no lo frecuentan nunca. Son dos mentalidades completamente distintas y contrapuestas. Y los que van al café son infinitamente superiores."
Georges Courteline, siglo XIX.
Después de leer estas líneas me entra curiosidad por saber quien es este tal Courteline y lo busco en la wikipedia. Poeta, escritor satírico y dramaturgo, destacó en el terreno del aforismo y en la crítica irreverente de la burguesía francesa a la que el pertenecía. La cosa pinta bien. Curiosidad en aumento. Rebuscando un poco más encuentro otra página, sobre el escritor, en la que se resumen algunas de sus mejores frases. Me quedo con tres:
Desde hoy, me declaro muy fan de este tío.
La pared del fondo de la oficina es de corcho y en ella están dispuestos como en un collage diferentes postales, fotos, artículos de periódico, pósters de congresos, etc. que la gente de la empresa va colgando cuando vuelve de un viaje o de unas conferencias. Actualmente la colección puede estar formada por más de trescientos elementos a lo largo de toda la pared. Ya llevo dos mañanas perdidas viajando entre postales de Lisboa, Vancouver, París o Estocolmo.
Pero lo que más me llama la atención es un sobre de azúcar, clavado con una chincheta, entre una postal de Australia y una felicitación de Navidad. Recuerdo que antes de ocupar yo este sitio, aquí se hospedaba otro trabajador que siempre renegaba de bajar al café de las doce por más que se le insistiera. Supongo que lo del azucarillo será una fina ironía perpetrada por alguno de los compañeros.
Digo lo de fina ironía, por ser un poco sutil, pero lo cierto es que después de leer el mensaje serigrafiado en el reverso del sobre la cosa queda bastante clara, y más que ironía resulta una putada. El sobre reza lo siguiente:
"El mundo se divide en dos clases: los que van al café y los que no lo frecuentan nunca. Son dos mentalidades completamente distintas y contrapuestas. Y los que van al café son infinitamente superiores."
Georges Courteline, siglo XIX.
Después de leer estas líneas me entra curiosidad por saber quien es este tal Courteline y lo busco en la wikipedia. Poeta, escritor satírico y dramaturgo, destacó en el terreno del aforismo y en la crítica irreverente de la burguesía francesa a la que el pertenecía. La cosa pinta bien. Curiosidad en aumento. Rebuscando un poco más encuentro otra página, sobre el escritor, en la que se resumen algunas de sus mejores frases. Me quedo con tres:
- "Es mejor malograr la propia juventud que no hacer nada en ella"
- "Propio es de todo hombre imbécil hacerse el astuto"
- "Pasar por idiota a los ojos de un imbécil, es un deleite de exquisito buen gusto"
Desde hoy, me declaro muy fan de este tío.
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Gorxeo
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miércoles, 23 de junio de 2010
Las Letras de la Guerra o Mr Madul
La tormenta arreciaba en el corazón de Franz. Una a una, iba arrugando las hojas que escribía. Las arrojaba a la papelera con la maestría inconsciente con la que un jugador de baloncesto lanza un triple. Sin embargo, estaba decidido a sobreponerse a toda desesperación.
Era el día, hoy por fin escribiría algo.
El mejor escritor del mundo, que nunca había escrito nada, se sentía ahogado por un mar de dudas cada vez que su pluma rozaba el áspero papel. Las palabras, irónicamente, parecían hablarle de sí mismo en términos nada halagüeños. No podía mirarlas. Cada nueva letra, un nuevo enemigo.
"Está bien, si no puedo miraros, escribiré sin mirar". Decía palabras a palabras que no le oían, mientras apretaba los ojos con expresión de pesadez abdominal. Su mano apuró unas cinco líneas que por su inclinación, bien podrían desafiar a todo el pelotón del Tour. Nada mal, para haberlo escrito a ciegas.
Entreabrió un ojo para ver lo que había escrito. "Nada" - observó sobresaltado. Allí descansaba desafiante y limpio el papel blanco. Lo miró con aspereza - "Un papel áspero sí, ya me lo advirtió Damien. Sí, dijo: este es un papel demasiado ásp...." - Mientras realizaba tan certera observación, vio por el rabillo del ojo que algo se movía sobre la mesa. - "¡Mon Dieu!" - Las cinco líneas de texto que habían desaparecido estaban reorganizándose fuera del papel y le mandaban a Franz todo tipo de improperios a cerca de su forma de escribir.
Por un momento no dio crédito a lo que veía. Se quedó absorto mirando el curioso vaivén de aquéllas pequeñas hormigas aletradas, los curiosos insultos que recibía, el circo absurdo que había brotado de la tinta de su pluma.
Las letras parecían cada vez más agitadas. Una B mayúscula, usando una D como arco, le lanzó una I a la cara a Franz. El impacto sobre los gruesos cristales de sus gafas los despertó. "¡Aaaaaaah! - Un sonoro golpetazo, como golpear a un árbol hueco con un hueso, sucedió a la pérdida de verticalidad de la silla. Las gafas de Franz salieron volando. El cegato, apalpando el terreno, al fin encontró las maltrechas lentes. Varias letras se habían reunido y parecían blandir la pluma de Franz sobre Señor Áspero. Habían dibujado toda una suerte de artilugios de guerra, y unas mayúsculas de considerable tamaño parecían blandir espadas de tinta y caminar hacia él.
"¡Aviones!" - lo bombardeaban desde el techo. Con una mezcla de pánico e instinto de supervivencia, giró sobre sus talones con intención de salir disparado de allí. "¡¿Rodeado?!" - Era demasiado tarde. El ejército que sin querer había traído al mundo, parecía demasiado fuerte para él. - "¿Qué hago? Aaaaaaah, ¡esto es una locura!"
Una avanzadilla de infantería alfabética había llegado a la suela de sus zapatos. Parecían portar algún tipo de ariete, sin embargo daban vueltas en torno a los mocasines sin hallar la puerta que querían derribar.
Los arqueros lo bombardeaban sin piedad desde el borde del escritorio. Como en toda guerra, corrían ríos de tinta narrando lo que acontecía, la camisa de Franz así lo atestiguaba.
Entre tanto, Franz daba vueltas sobre sí mismo a la vez que hacía exagerados aspavientos con las manos. Parecía algún personaje de una serie de humor haciendo uno de sus números estrella, o el típico indio de spaghetti western que danza en torno a una hoguera, pero claro, ¿cómo combatir a tal enemigo?.
Y así, mientras el mejor escritor del mundo sentaba las bases acerca de la eterna lucha autor-obra, un aullido lejano, posiblemente de un chotacabras, resonaba en la lejanía, distorsionado eso sí, por el eléctrico cántico de cuatro nubes tempestuosas que danzaban al son de las lluvia y el viento: "cshshc, fffff, cshchshch".
Era el día, hoy por fin escribiría algo.
El mejor escritor del mundo, que nunca había escrito nada, se sentía ahogado por un mar de dudas cada vez que su pluma rozaba el áspero papel. Las palabras, irónicamente, parecían hablarle de sí mismo en términos nada halagüeños. No podía mirarlas. Cada nueva letra, un nuevo enemigo.
"Está bien, si no puedo miraros, escribiré sin mirar". Decía palabras a palabras que no le oían, mientras apretaba los ojos con expresión de pesadez abdominal. Su mano apuró unas cinco líneas que por su inclinación, bien podrían desafiar a todo el pelotón del Tour. Nada mal, para haberlo escrito a ciegas.
Entreabrió un ojo para ver lo que había escrito. "Nada" - observó sobresaltado. Allí descansaba desafiante y limpio el papel blanco. Lo miró con aspereza - "Un papel áspero sí, ya me lo advirtió Damien. Sí, dijo: este es un papel demasiado ásp...." - Mientras realizaba tan certera observación, vio por el rabillo del ojo que algo se movía sobre la mesa. - "¡Mon Dieu!" - Las cinco líneas de texto que habían desaparecido estaban reorganizándose fuera del papel y le mandaban a Franz todo tipo de improperios a cerca de su forma de escribir.
Por un momento no dio crédito a lo que veía. Se quedó absorto mirando el curioso vaivén de aquéllas pequeñas hormigas aletradas, los curiosos insultos que recibía, el circo absurdo que había brotado de la tinta de su pluma.
Las letras parecían cada vez más agitadas. Una B mayúscula, usando una D como arco, le lanzó una I a la cara a Franz. El impacto sobre los gruesos cristales de sus gafas los despertó. "¡Aaaaaaah! - Un sonoro golpetazo, como golpear a un árbol hueco con un hueso, sucedió a la pérdida de verticalidad de la silla. Las gafas de Franz salieron volando. El cegato, apalpando el terreno, al fin encontró las maltrechas lentes. Varias letras se habían reunido y parecían blandir la pluma de Franz sobre Señor Áspero. Habían dibujado toda una suerte de artilugios de guerra, y unas mayúsculas de considerable tamaño parecían blandir espadas de tinta y caminar hacia él.
"¡Aviones!" - lo bombardeaban desde el techo. Con una mezcla de pánico e instinto de supervivencia, giró sobre sus talones con intención de salir disparado de allí. "¡¿Rodeado?!" - Era demasiado tarde. El ejército que sin querer había traído al mundo, parecía demasiado fuerte para él. - "¿Qué hago? Aaaaaaah, ¡esto es una locura!"
Una avanzadilla de infantería alfabética había llegado a la suela de sus zapatos. Parecían portar algún tipo de ariete, sin embargo daban vueltas en torno a los mocasines sin hallar la puerta que querían derribar.
Los arqueros lo bombardeaban sin piedad desde el borde del escritorio. Como en toda guerra, corrían ríos de tinta narrando lo que acontecía, la camisa de Franz así lo atestiguaba.
Entre tanto, Franz daba vueltas sobre sí mismo a la vez que hacía exagerados aspavientos con las manos. Parecía algún personaje de una serie de humor haciendo uno de sus números estrella, o el típico indio de spaghetti western que danza en torno a una hoguera, pero claro, ¿cómo combatir a tal enemigo?.
Y así, mientras el mejor escritor del mundo sentaba las bases acerca de la eterna lucha autor-obra, un aullido lejano, posiblemente de un chotacabras, resonaba en la lejanía, distorsionado eso sí, por el eléctrico cántico de cuatro nubes tempestuosas que danzaban al son de las lluvia y el viento: "cshshc, fffff, cshchshch".
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Serch
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2:19
viernes, 18 de junio de 2010
Gloria
Tímidamente el sol asomaba entre las nubes de octubre, despejando, poco a poco, la pesada niebla con la que había amanecido. El viento ondeaba las copas de aquellos árboles que parecían saludar a la recién llegada. La vista era hermosa, un valle abierto en torno a una pequeña ciudad del norte, un poco más lejos de lo que antes había llamado hogar. El verdor del campo parecía extenderse más allá de donde alcanzaba la vista.
Una vez más, el padre de Gloria había tenido que mudarse por cuestiones de trabajo, llevándose consigo a su hija de catorce años. Segundo destino en tres años. Un cambio más, un paso más hacia el olvido, como si la distancia pudiese desgarrar los recuerdos que pesaban en su alma.
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Serch
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1:18
miércoles, 16 de junio de 2010
Café Voyeur
Miro el reloj. Son las cuatro de la tarde. Desde la calle, a través de la cristalera, puedo ver como poco a poco el café va cobrando vida. Las mesas se llenan de gente que viene buscando una dosis de cafeína para despertar de la siesta, de este sábado bochornoso del mes de Junio.
Como siempre me gusta llegar puntual a mis citas, a pesar de los que dicen que diez minutos de retraso pueden ser tenidos en cuenta como un signo de distinción, no me gusta hacer esperar a la gente. Entro en el establecimiento y con una rápida mirada panorámica compruebo que mi interlocutor no opina lo mismo. Debe de ser un tipo muy distinguido.
Pido un café y tomo asiento en una de las mesas. La del fondo y más alejada de la barra, me coloco mirando a la puerta de entrada y tengo una visión completa de todo el local. He de reconocer que me gusta matar la soledad de estos momentos ejerciendo de improvisado "voyeur" en conversaciones ajenas. El sitio es perfecto.
A mi derecha una pareja de tortolitos se acarician suavemente las manos por debajo de la mesa mientras mantienen una conversación melindrosa, que no les lleva a ninguna parte. Parecen felices pero no me interesan, así que rápidamente desconecto de esa empalagosa frecuencia.
A mi izquierda, sentados sobre unos taburetes rodeando una de esas mesas altas que se sostienen en un solo pie, dos jóvenes parecen mantener una acalorada discusión. Parece interesante y oriento el radar hacia esa zona. Me cuesta entrar en el diálogo, parece que esta discusión ya viene de días atrás, pero poco a poco me empiezo a enterar.
Discuten sobre la matrícula del coche que uno de ellos se acaba de comprar. El número 1729 es muy aburrido, no me dice nada, no es interesante - le comenta el amigo al que parece ser el propietario del vehículo. Como que no - le responde este - no ves que lo he escogido a propósito al tratarse el 1729 del número más pequeño que puede expresarse como la suma de dos cubos positivos de dos maneras diferentes. Si eso no es interesante que baje Dios y lo vea.
Mientras acaba de mostrar sus argumentos a favor del número 1729 se le ilumina la cara, parece que acaba de descubrir un argumento irrefutable que aplacará la discusión y le hará derrotar a su oponente. Arranca una servilleta, saca un bolígrafo del bolsillo superior de su camisa y se pone a garabatear durante unos minutos como un loco. Lo ves - dice todo orgulloso - lo teníamos todo el tiempo delante de nuestras narices y no nos habíamos dado cuenta. No existen números aburridos, todos tienen alguna propiedad que los hace interesantes - le mostró al otro la servilleta y siguió hablando - supongamos que existieran números no interesantes, en ese subconjunto de números podríamos destacar al menor de los "números no interesantes" que adquiriría una propiedad única que lo haría dejar de ser un número aburrido, y esta situación se repetiría una y otra vez hasta que este conjunto se quedara vacío.
Durante unos instantes se quedaron en silencio. Parecía que no sabían de que hablar una vez agotada la discusión que los había mantenido entretenidos durante los últimos minutos. ¿Que opinas sobre los viajes en el tiempo? - le espetó de repente uno al otro. Pues que voy a opinar - contestó como si fuera una pregunta habitual que no le cogía por sorpresas - que no existen. Una demostración sencilla es la que aporta Stephen Hawking, que defiende que la ausencia de turistas del futuro es una clara evidencia de que los viajes en el tiempo no son posibles.
Por favor, no seas ridículo - dijo con aire ofensivo el iniciador de la conversación - un viajero en el tiempo no viajaría a un pasado determinado, sino a una copia de ese pasado, lo que sería un universo paralelo.
Ahí viene. Menos mal. Estaba empezando a volverme un poco loco con tanta teoría y contra teoría. Justo diez minutos tarde.
Como siempre me gusta llegar puntual a mis citas, a pesar de los que dicen que diez minutos de retraso pueden ser tenidos en cuenta como un signo de distinción, no me gusta hacer esperar a la gente. Entro en el establecimiento y con una rápida mirada panorámica compruebo que mi interlocutor no opina lo mismo. Debe de ser un tipo muy distinguido.
Pido un café y tomo asiento en una de las mesas. La del fondo y más alejada de la barra, me coloco mirando a la puerta de entrada y tengo una visión completa de todo el local. He de reconocer que me gusta matar la soledad de estos momentos ejerciendo de improvisado "voyeur" en conversaciones ajenas. El sitio es perfecto.
A mi derecha una pareja de tortolitos se acarician suavemente las manos por debajo de la mesa mientras mantienen una conversación melindrosa, que no les lleva a ninguna parte. Parecen felices pero no me interesan, así que rápidamente desconecto de esa empalagosa frecuencia.
A mi izquierda, sentados sobre unos taburetes rodeando una de esas mesas altas que se sostienen en un solo pie, dos jóvenes parecen mantener una acalorada discusión. Parece interesante y oriento el radar hacia esa zona. Me cuesta entrar en el diálogo, parece que esta discusión ya viene de días atrás, pero poco a poco me empiezo a enterar.
Discuten sobre la matrícula del coche que uno de ellos se acaba de comprar. El número 1729 es muy aburrido, no me dice nada, no es interesante - le comenta el amigo al que parece ser el propietario del vehículo. Como que no - le responde este - no ves que lo he escogido a propósito al tratarse el 1729 del número más pequeño que puede expresarse como la suma de dos cubos positivos de dos maneras diferentes. Si eso no es interesante que baje Dios y lo vea.
Mientras acaba de mostrar sus argumentos a favor del número 1729 se le ilumina la cara, parece que acaba de descubrir un argumento irrefutable que aplacará la discusión y le hará derrotar a su oponente. Arranca una servilleta, saca un bolígrafo del bolsillo superior de su camisa y se pone a garabatear durante unos minutos como un loco. Lo ves - dice todo orgulloso - lo teníamos todo el tiempo delante de nuestras narices y no nos habíamos dado cuenta. No existen números aburridos, todos tienen alguna propiedad que los hace interesantes - le mostró al otro la servilleta y siguió hablando - supongamos que existieran números no interesantes, en ese subconjunto de números podríamos destacar al menor de los "números no interesantes" que adquiriría una propiedad única que lo haría dejar de ser un número aburrido, y esta situación se repetiría una y otra vez hasta que este conjunto se quedara vacío.
Durante unos instantes se quedaron en silencio. Parecía que no sabían de que hablar una vez agotada la discusión que los había mantenido entretenidos durante los últimos minutos. ¿Que opinas sobre los viajes en el tiempo? - le espetó de repente uno al otro. Pues que voy a opinar - contestó como si fuera una pregunta habitual que no le cogía por sorpresas - que no existen. Una demostración sencilla es la que aporta Stephen Hawking, que defiende que la ausencia de turistas del futuro es una clara evidencia de que los viajes en el tiempo no son posibles.
Por favor, no seas ridículo - dijo con aire ofensivo el iniciador de la conversación - un viajero en el tiempo no viajaría a un pasado determinado, sino a una copia de ese pasado, lo que sería un universo paralelo.
Ahí viene. Menos mal. Estaba empezando a volverme un poco loco con tanta teoría y contra teoría. Justo diez minutos tarde.
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Gorxeo
a las
18:59
viernes, 11 de junio de 2010
Cuando las palabras no son suficientes
Qué hacer cuando las palabras no son suficientes, cuando las lenguas envenenadas te apuñalan por la espalda.
Qué decir cuando el perdón viene envuelto en hiel, cuando se mancilla tu alma.
Qué pensar cuando dejas de sentir, cuando tu piel es humillada.
Ya no basta la pluma ni el ligero verso,
de nada sirve ya, la vetusta prosa.
Alcemos la vista al cielo,
empuñemos nuestra espada,
escribamos un nuevo mundo
con la sangre derramada.
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fini
a las
22:35
jueves, 3 de junio de 2010
El juego
A lo largo de todos los tiempos siempre se han usado sustancias Psicotrópicas para abrir la mente hacia nuevos conocimientos; desde antiguas culturas como la maya, la azteca o la egipcia, pasando por los indios americanos. Con el tiempo estas prácticas fueron perdiendo adeptos hasta entrada la Edad Media, donde brujas y magos saltaron a la palestra. Florecieron entre ellos un grupo al que se denominó Alquimistas, que no sólo conocían las propiedades de las hierbas sino que tenían un conocimiento que lograban unos pocos a través de ciertas sustancias. Con la llegada de la Inquisición mucho de este conocimiento se perdió, y prohibidas estas prácticas por la Iglesia cayeron en el olvido. Hasta que en el siglo XVI, Nostradamus las redescubrió. Durante sus estudios de bachillerato, y luego cuando comenzó la carrera de Medicina, dos epidemias de peste bubónica asolaron Francia. Cerradas las universidades, y encerrado en casa dedicó todo aquel tiempo a la investigación. No se sabe cómo pero en sus manos cayeron parte de aquellos conocimientos perdidos durante la Edad Media. En ninguno de sus escritos hace mención a su supuesto "dopaje", sólo en una carta que dirige a su mejor amigo le explica que gracias a la meditación ha sido capaz de vaciar su mente, de liberarla de su cuerpo, a través de la concentración de su mirada sobre una vasija. Permitidme que lo ponga en duda, es más, hay más de una leyenda urbana que asegura que esa meditación la conseguía a través de una pócima hecha con nuez moscada, que en grandes dosis resulta mortal.
Pero realmente lo que quería sacar a colación es la Generación del 27, y más concretamente Federico García Lorca. Cuando yo estudiaba, a mis oídos llegó otra leyenda urbana. Tras su viaje a Nueva York escribió su obra " Poeta en Nueva York": a partir de este momento todas sus obras incluida esta, tomaron un rumbo surrealista. La historia nos dice que toda esta generación gustaba de reunirse en cafés y tras largas horas de charla allí se fraguaban las grandes obras de estos escritores. Es en este punto donde la leyenda aparece: las malas lenguas aseguran que Lorca solía quedar en su casa con un grupo de amigos, y tras una larga noche de alcohol y drogas se sentaban todos alrededor de una mesa. El juego consistía en realizar un esqueleto: cada uno de ellos iba escribiendo la primera frase que se le viniese a la cabeza, y así sucesivamente hasta que todos los participantes hubiesen terminado. Si una sola frase no era suficiente, se volvía a hacer otro turno. Al terminar, con todo lo escrito en aquel papel, daban vida a un nuevo verso.
Pues yo os propongo un juego: hagamos lo mismo pero a través de la red. Desde luego no os estoy incitando a que toméis drogas, pero como más de una vez ha salido " lo escribí borracho/a" o "de reenganche" se me ocurrió la idea. Si os parece bien, una vez se os pase el empacho de exámenes, podemos hacerlo. Creo que sería un experimento interesante, no sé si literario pero desde luego como experimento sociológico no tendría desperdicio.
Pero realmente lo que quería sacar a colación es la Generación del 27, y más concretamente Federico García Lorca. Cuando yo estudiaba, a mis oídos llegó otra leyenda urbana. Tras su viaje a Nueva York escribió su obra " Poeta en Nueva York": a partir de este momento todas sus obras incluida esta, tomaron un rumbo surrealista. La historia nos dice que toda esta generación gustaba de reunirse en cafés y tras largas horas de charla allí se fraguaban las grandes obras de estos escritores. Es en este punto donde la leyenda aparece: las malas lenguas aseguran que Lorca solía quedar en su casa con un grupo de amigos, y tras una larga noche de alcohol y drogas se sentaban todos alrededor de una mesa. El juego consistía en realizar un esqueleto: cada uno de ellos iba escribiendo la primera frase que se le viniese a la cabeza, y así sucesivamente hasta que todos los participantes hubiesen terminado. Si una sola frase no era suficiente, se volvía a hacer otro turno. Al terminar, con todo lo escrito en aquel papel, daban vida a un nuevo verso.
Pues yo os propongo un juego: hagamos lo mismo pero a través de la red. Desde luego no os estoy incitando a que toméis drogas, pero como más de una vez ha salido " lo escribí borracho/a" o "de reenganche" se me ocurrió la idea. Si os parece bien, una vez se os pase el empacho de exámenes, podemos hacerlo. Creo que sería un experimento interesante, no sé si literario pero desde luego como experimento sociológico no tendría desperdicio.
Publicado por
fini
a las
23:22

