viernes, 6 de agosto de 2010

Lágrimas de Cristal.





CAPÍTULO TRES


Ya han pasado casi quince años desde que desperté aquella noche en el hospital. Desorientado. ¿Dónde estaba, cómo había llegado allí? ¿Y Susana? Ah sí, Susana ya no estaba, eso era lo único que recordaba.
Desde la penumbra, en una esquina de la habitación, surgió una gruesa voz.
— ¿Qué chaval, estás mejor ya? — a duras penas pude distinguir una silueta de un hombre en la oscuridad, un hombre con un sombrero negro, sin duda. — Empezaba a pensar que dormirías para siempre.
El Hombre de Negro caminó hasta los pies de mi cama. Pude ver el reflejo de las luces de la calle en algo que llevaba en la mano. A partir de aquí, mi mente parece estar en blanco. No recuerdo si me quedé hablando con él tan tranquilo, o si me volvió a dar otra paliza de muerte. Sin embargo estoy seguro de que algo ocurrió aquella noche en el hospital.


El Mundo Exterior.


Un día más de trabajo en la estación de trenes. Uno de los pocos días soleados de diciembre. Una tarde fría, helada. Un día como otro cualquiera.
Los pasajeros circulaban a prisa por la estación. Parecía que ninguno de ellos quisiera permanecer allí más tiempo del necesario. Aún así, una joven pareja parecía querer alargar el tiempo todo lo posible, se besaban y se despedían como si nunca más fueran a encontrarse.
En un banco, en una esquina, se revolvía inquieto un chico enfundado en una gabardina negra. Ofrecía en esta imagen una estampa singular, como la que podría ofrecer una llave inglesa puesta en la mesa como cubierto, aquel no era su lugar. Farfullaba frases ininteligibles para sí mismo a la vez que daba vueltas a un objeto de cristal en su mano. Al mismo tiempo, mirando sobre las altas solapas de su gabardina, no quitaba ojo a la joven pareja de enamorados. Por veces, acariciaba el cuchillo de monte que llevaba en su bolsillo, asegurándose de que siguiera allí.
Los enamorados se despidieron, el tren se marchó. Como en una película del oeste, cabalgó al trote y después al galope, hacia la puesta de sol. Una hermosa tarde que llegaba a su fin.
El reloj marcó las siete y cinco.
El joven enamorado, lloraba sin consuelo, perdido en sus pensamientos, ignorando el mundo a su alrededor.
El chico de la gabardina, caminaba en círculos, nervioso, desorientado, luchando internamente tratando de decidir qué hacer.
Nuevos pasajeros parecían agolparse en las taquillas en pos de un ticket. A las siete y diez partía el último tren del día con destino Madrid.




Ahora que lo pienso, creo que es posible que ya hubiera visto a ese Hombre de Negro con anterioridad. Sí, puede ser.
Tiempo atrás, antes de que comenzase a salir con Susana, estábamos ella, David y yo, tomando un café frente al mercado. David era mi mejor amigo por aquel entonces y siempre estábamos juntos. A Susana la habíamos conocido el año anterior, ya que se había mudado a nuestro pueblo por motivos familiares y se había apuntado a nuestro instituto. Ella era una belleza. Tuvimos la suerte de hacernos amigos pronto.
Bueno, lo que nos ocupa es la historia del café. En ese tiempo, los tres éramos inseparables. Íbamos juntos a clase y después pasábamos juntos la tarde. Realmente fueron unos años increíbles.
Recuerdo que ese día, en el café, me había llamado la atención una persona que claramente no era del pueblo y que, además, tenía unas pintas muy peculiares. Vestía de negro de arriba abajo, gorro y guantes incluidos, o eso creo. Ya digo que es un viejo recuerdo y quizá lo esté influenciando la historia que estoy contando, aún así, apostaría a que era él. Seguro.
David estaba contando a Susana sus hazañas en el partido de fútbol que había jugado el domingo. Ese domingo Susana no pudo ir a verlo y escuchaba con toda su atención. Yo, que ya conocía la historia, eché un vistazo alrededor mientras pensaba en mis cosas, supongo, y fue ahí cuando sorprendí al Hombre de Negro mirándonos. Seguro. Apostaría todo lo que tengo a que fue así. ¿Cómo pude no darme cuenta hasta ahora?


El Mundo del Prisma


Era mayo del ’96 y David, Félix y Susana daban una de sus habituales caminatas por el paseo marítimo. Los últimos rayos de sol iban dando paso a una cálida y estrellada noche.
El Hombre de Negro parecía estar sentado en cada uno de los bancos del paseo. Félix estaba seguro de verlo aquí y allá por el rabillo del ojo, pero sin atreverse a mirar. Se intuían sombreros por todas partes, sombreros amenazantes.
Susana se separó del grupo, porque estaba harta de la discusión que traían ya de largo rato atrás Félix y David. Félix le dio un empujón a su amigo que lo tiró al suelo.
— ¡No quiero verte más, déjame en paz de una vez!
Un reflejo en un cristal. El rojo sobre su rostro. Allí estaba el Hombre de Negro, detrás de Félix. Amenazante como nunca. No se atrevió a girarse. David salió corriendo y se fue llorando a su casa.

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