sábado, 30 de enero de 2010

La Red. (3)


CAPÍTULO 3

MIÉRCOLES

Las pantallas se apagaron emitiendo un chasquido sordo seguido de un ligero zumbido. Después, nada. Comenzaron a oírse voces ordenando a los técnicos que recuperasen la comunicación de inmediato. Carreras, gestos de impotencia... Algo escapaba al control de los informáticos, o los satélites habían caído. Los gritos comenzaron a enervar la situación, y los embajadores de varias naciones abandonaban la sala.
De pronto, el zumbido que había sido la agonía lenta de aquellos minutos elevó ligeramente su intensidad. Poco a poco aumentaba de volumen, haciendo resonar ya las paredes del recinto. Continuó creciendo en fuerza hasta que obligó a todos los allí congregados a taparse los oídos con las manos y a gritar en una mueca de dolor. Pasaron unos segundos, y tal y, como había venido, aquella frecuencia atronadora desapareció, dejando en un silencio frío la sala de comunicaciones. Algunos hombres se levantaron lentamente, mirando con recelo a los altavoces integrados en las paredes. Sin embargo, intuían que aquella calma no estaba hecha para durar. Paulatinamente las pantallas volvieron a encenderse, una detrás de otra, mostrando un brillo grisáceo y titilante. Formas confusas iban dibujándose poco a poco, dejando ver que lo que en ellas se mostraba no era ni mucho menos la sala de comunicaciones de la Alianza Oriental.
Cascadas de ceros y unos alternados aleatoriamente caían por todas y cada una de las pantallas, volando en un fulgor verde sobre el fondo negro. Tal vez algunos de los allí presentes creyeron ver un rostro dibujado tras aquella vorágine. Tal vez sólo impresiones, y sin embargo aquello parecía mostrar cierto tipo de coherencias formales, ciertos esquemas en el caos... cierta inteligencia. Y para asombro y palidez de muchos, un río de sonidos inconexos iban tomando cuerpo, como miles de sílabas desordenadas por las manos de un niño, surgiendo frías y eléctricas de los equipos de sonido, no sólo de la sala, sino de cada ordenador, de cada teléfono móvil, de cada radio... Silencio de nuevo, y al instante, casi una voz, casi chasquidos, casi nieve formando palabras:
- La situación ha sido controlada. Regresen a sus domicilios y manténganse a la espera.
Nadie comprendía lo que pasaba, y se miraban unos a otros con caras que delataban más el terror que el desconocimiento. Un embajador francés alzó,aunque tímidamente, su voz:
- ¿Quién habla?
La respuesta no se hizo esperar.
- La situación ha sido controlada. Sus misiles me pertenecen ahora, y apuntan a sus principales núcleos de población. Regresen a sus domicilios y manténganse a la espera.
- Le ruego que se identifique, señor. Sólo tratamos de...
- Señor Orléans - contestó la voz mientras el embajador se diluía en sudor - Montpellier y Nantes han sido arrasadas. La situación ha sido controlada. Regresen a sus domicilios y manténganse a la espera.
Ni una palabra más surcó el aire en unos minutos. Aire que faltaba en los pulmones de cuantos acababan de oír aquello. Aire que condensaba gotas de agua sobre las ventanas de la instalación.
Un móvil quebró el silencio.
- ¡Diga! Sí, Cheval, Inteligencia Francesa. Diga... ¡No! ¡No puede ser! ... Dios Santo, ¿qué hemos hecho? No...
Colgó.
- Los cuarteles de Marsella Y Rennes informan de sendas nubes atómicas sobre Montpellier y Nantes. Han perdido las comunicaciones con dichas ciudades. ¡Informaron a París, las fotos de satélite confirman que han sido barridos del mapa!

Con el paso de las horas descubrirían que otras ciudades habían saltado en pedazos en el momento exacto en que en Francia temblaba el suelo para acoger a sus muertos. No hubo continente que se salvase de la quema: Cardiff en Reino Unido, Kharkov en Ucrania, Lahore en Pakistán, Zhengzhou y Hohhot en China, Cape Town, Dakar, Medellín, Salta, Memphis...

La oscuridad de la noche iba haciendo mella en él. Las horas en vela, las sirenas, los silencios, y alguna reyerta ocasional cuyo sonido subía de la calle acabando con un disparo o dos, habían conseguido que se aventurase a abrir la puerta de su piso y mirase al descansillo, encontrándolo vacío, pero indirectamente vigilado por una presencia eterna. Los Supervisores no andaban lejos.
Y la mañana parecía no llegar. Las conexiones se habían ido cortando, ya no había forma de enterarse de las noticias más que por el canal oficial, Internet había caído (o lo habían cerrado) y ni siquiera las radios emitían. 
Se dejó caer arrastrando la espalda contra la pared, en una esquina. Nunca había osado levantar su brazo, nunca abrir su boca en defensa de aquello en que creía. Conseguía pasar limpio los tests semanales a base de un control mental estricto, y engañar a la Red era parte de su vida. De la de todos, pero los Supervisores hacían bien su trabajo. Eran la base del orden mundial, desde la violencia pura y despiadada, imponiendo un terror en sus subordinados que limitaba en la práctica totalidad cualquier acto de indisciplina. Y Ella lo sabía. Pero engañar es una palabra incorrecta para definir lo que ocurría: sólo se puede engañar al que desconoce. Desde sus principios Ella se dio cuenta de que las mentes humanas eran libres, indomables hasta en la mayor de las sumisiones. La rebeldía no puede ser extirpada de los corazones de los hombres sometidos. Se anida en ellos, en lo más profundo y oscuro de sus mentes, y espera. Pero no muere. Dormita, hiberna, complacida con el ansia de renacimiento. Sólo puede ser aplacada por la negociación, pues un hombre que ve su vida perdida en manos de su enemigo la entregará al instante en un supremo y último acto de amor y venganza. Así, consentía cierto grado de disconformidad silenciosa, grado que era sobradamente capaz de dominar.
Pero estaba ahí. Y él lo sentía correr por sus venas cuando viajaba en el metro al trabajo. O cuando se metía, agotado, en aquel lecho frío, el único que le había acogido en más de diez años. Y notaba arder sus sienes recordando... Imágenes nunca olvidadas que hacían hervir su sangre en una catarsis interna de odio autodestructivo.
Pensaba en Kyra.

El sistema de educación creado por la Red aumentó su eficiencia ostensiblemente. En lugar de ofrecer una formación general a los niños y adolescentes, optó por seleccionar y dividir a éstos en grupos según sus aptitudes y capacidades intelectivas. Pruebas de rendimiento, visión espacial, memoria, velocidad de cálculo o disciplina, eran el día a día de los más jóvenes, de entre 2 y 3 años. Esto los conducía en años sucesivos por diferentes senderos formacionales, dependiendo del tipo de trabajo en que la Red intuía que producirían más.
Trató en un principio de separar a los niños de sus progenitores, pero sólo obtuvo pérdidas: los individuos criados íntegramente por Ella desarrollaban un odio cerval hacia esta madrastra, hasta el punto de volverse animalescas fieras inservibles para el trabajo. Evidenciaba este hecho que el ser humano es fundamentalmente social, a pesar de cuantos intentos desarrolló por invertir esta tendencia.
Como él recordaba, en las instalaciones del sistema de educación del sector sudoeste de la antigua Washington se encontraban los jóvenes de mayor capacidad analítica de la ciudad, encaminados a formar parte de los centros de control de procesos y calidad de la Red. Un aula blanca, formada por una amplia pantalla y 50 líneas de mesas en grada, encerraba a un nutrido grupo de alumnos y alumnas con auriculares, escuchando una explicación sobre componentes de servidores. Las clases no eran largas, los alumnos disponían de los archivos  necesarios para su formación en cualquier PC del planeta, únicamente introduciendo su clave personal. La asistencia a las clases formaba parte de la disciplina diaria, el subyugamiento progresivo.

Y aquella última semana antes de los tests de aptitud, ella se cruzó en su camino. Corría por un pasillo de la escuela con su uniforme roto y el gesto nervioso. Huía de alguien. De repente, se abrieron dos o tres puertas en los extremos del corredor y salieron varios Supervisores. Corrieron tras ella hasta darle alcance, a pocos metros de donde él se encontraba, aún de pie observando la escena. 
- ¡Dejadme! ¡Dejadme! ¡No he hecho nada! ¡Eh!
Uno de ellos le había arrebatado la mochila y buscaba algo en ella.
- ¿Y esto? - preguntó el Supervisor con sorna - Vas a tener que explicar un par de cosas...
Ella se revolvió de entre sus captores y logró correr unos diez metros antes de que cayeran sobre ella con más crueldad. Él sintió una punzada en su interior y se lanzó gritando a ellos.
- ¡Dejadla en paz!
No tardó en soltar su puño contra la cabeza de un hombre rapado y con aspecto de duro. Los resultados se desviaron de lo que él esperaba, y en unos minutos se dirigían ambos en un furgón a las dependencias de Inspección Disciplinar.
- Gracias por mojarte. Esos animales casi me aplastan. Me llamo Kyra.



4 comentarios:

Martín dijo...

mmmmmm me gusta esa referncia a Bolonia: La asistencia a las clases formaba parte de la disciplina diaria, el subyugamiento progresivo.

Iago dijo...

Veo que captas el trasfondo del asunto... :)

Elena dijo...

Existía la posibilidad de perder interés y caer en el olvido, pero por lo que leo, lo estás logrando.

"Evidenciaba este hecho que el ser humano es fundamentalmente social...". El trasfondo social del relato, con este tipo de referencias, me parece que lo hace mucho más interesante. Agradezco estos detalles de manera especial.

Sigue así :)

Serch dijo...

Martín dijo:
"mmmmmm me gusta esa referncia a Bolonia: La asistencia a las clases formaba parte de la disciplina diaria, el subyugamiento progresivo."

:D muy buena

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