miércoles, 20 de enero de 2010

La Red. (2)

CAPÍTULO 2

MARTES

En realidad, todo había sido de una sencillez absurda. La capacidad de cálculo de los ordenadores progresaba a una velocidad imparable. Los servidores acogían más y más información de manera exponencial. Y, mientras tanto, la humanidad se desesperaba y los principales dos bandos contendientes (EE.UU. y sus aliados, y China e India y los suyos) trataban inútilmente de mejorar sus armas nucleares y sus escudos antimisiles. Ambos bandos avanzaban de manera pareja, y sin fin se sucedían a centenares de kilómetros sobre la superficie de la Tierra explosiones nucleares que iban formando un cinturón de asteroides metálicos que ya comenzaban a ensombrecer el Sol en algunos lugares. Pero la guerra no se decantaba hacia ningún lado...

Hasta la noche del 27 de septiembre de 2067, en que el alto mando de operaciones de la Alianza Occidental convocó con urgencia a los presidentes de las naciones aliadas para comunicarles un hecho definitivo: todas las instalaciones militares informaban que habían perdido el control de sus lanzaderas de misiles, que apuntaban ahora hacia las principales ciudades de occidente, desde París a San Francisco. La situación se desbocó: los asiáticos habrían logrado controlar los sistemas aliados tomando posesión en suma de los principales sistemas armamentísticos del planeta. Dado que no hubo comunicación que hiciese temer un ataque inminente, todas las oficinas de inteligencia recibieron la orden de iniciar una investigación con el objetivo de esclarecer la brecha de seguridad en sus sistemas que hubiese permitido la toma de posesión de los sistemas de control por parte de los informáticos enemigos. Sin embargo, el plazo de 3 horas acordado no fue suficiente para descubrir cómo habían conseguido adueñarse de las lanzaderas para redirigirlas, y los jefes de Estado se vieron abocados a establecer comunicacion con la Alianza Oriental para pactar una rendición.
Sin embargo, minutos antes del fatídico momento, la Agencia Aliada de Control Espacial informó de que el contraespionaje enemigo en la termosfera había caído y que sus escudos habían sido inutilizados. No había defensa que los protegiese de los ataques, así como no había nadie que pudiese atacar. Pero la Agencia no tenía tampoco explicación para este hecho, y la diplomacia internacional optó por tratar de establecer una tregua que permitiese, dada la situación, reparar sus efectivos de combate y, eventualmente, iniciar conversaciones que condujesen a una nueva situación de paz mundial.
Las conversaciones tuvieron lugar el 28 de septiembre. Una videoconferencia entre los gabinetes de crisis de las dos alianzas en la que, durante más de diez horas, los representantes de cada país informaron del estado de sus lanzaderas. Posteriormente se dio la palabra a los diplomáticos encargados de tratar de acordar un pacto de paz temporal, pero antes de que el primer orador terminase su discurso, la comunicación se cortó.

Los despertadores de la ciudad sonaron, como siempre a las seis de la mañana, y el empleado 257913 del sector 31 de la antigua Washington no pudo evitar que la costumbre le pusiese en pie y lo encaminase a la ducha. Aunque no había logrado dormir en toda la noche, absorbido por la pantalla de su ordenador, que repetía una y otra vez las órdenes de la cámara de los Supervisores. Se había decretado el estado de emergencia en todo el planeta, y los ciudadanos, libres o no, no podían abandonar sus pisos. No se daba más cuenta de lo que había sucedido, ni de cuál era el estado de la Red. La mujer rubia de la noche anterior sólo había dicho que la Red había fallado, sin embargo aquello sucedía con relativa frecuencia cuando agentes atmosféricos o sísmicos destruían algún servidor o línea de comunicación de importancia. Y la solución corría a cargo de los sectores de mantenimiento encargados. La Red había logrado aumentar el rendimiento de éstos y de su propia infraestructura hasta el punto de que la peor caída que recordaba 257913 había durado 7 eternos minutos, y sólo en el sector central de redirección de información en la antigua San Francisco, a causa de un seísmo que seccionó alrededor de 500 cables de fibra óptica. Pero las comunicaciones se mantenían, todo parecía funcionar, al menos en su zona, exceptuando los sistemas de comunicación interpersonal y algunos canales de noticias, así como blogs y redes sociales que parecían haber sido cerrados por los Supervisores.

Para los empleados libres, la Red era prácticamente la única forma de relacionarse con otras personas. Durante los seis días de trabajo semanal no estaba permitido desviarse de la rutina que el trabajo imponía. De la vivienda al puesto de control y vuelta a la vivienda. Únicamente en su día libre se les permitía acceder a un transporte a las afueras, en pequeños grupos controlados por varios Supervisores de bajo rango, armados. La organización era sencilla: uno sólo tenía contacto con 50 personas que compartían la planta del edificio en que vivían, el vagón de metro que les llevaba a su puesto de trabajo, el subsector en el que trabajaban y el descanso, opcional, del día libre.
La Red había comprobado en sus primeros años que las interacciones sociales generaban grupos fuertes de individuos descontentos, que tenían que ser eliminados al reducirse el rendimiento en sus trabajos e iniciar posibles vías de pensamiento rebelde. Así que utilizó los tests psicológicos semanales para distribuir a los empleados de forma que la posibilidad de cooperación fuese prácticamente nula. Si alguno comenzaba a mostrar excesivo interés por otro de sus vecinos y compañeros, era cambiado de sector. Si se delataba con comentarios sobre las horas de trabajo, la rutina, o la depresión, era detenido y llevado a presencia de los encargados de la reconversión conductual o, en casos perdidos, eliminado.
Por otra parte, aprendió que los seres humanos trabajaban mejor si tenían una meta. Los suicidios durante los inicios de la Era Red amenazaron con alterar peligrosamente la productividad y el funcionamiento de ésta. En consecuencia decidió primar a los empleados fieles con la opción de ascender a Supervisor de bajo rango, como paso previo al acceso libre a las comunicaciones interpersonales y a la unión en pareja.
Esto mantenía vivos a un altísimo porcentaje de empleados. Entre ellos, 257913, que a sus 25 años aún conservaba esperanzas de una vida mejor.

El día se sucedió entre recordatorios del estado de emergencia y visitas de los Supervisores por cada uno de los edificios del planeta. Sin información, sin certezas, nada. Empleados libres, obreros, retenidos, miles de millones de personas alrededor de todo el planeta se consumían en nervios y miedos. Y llegó la noche del martes sin que hubiese más cambios que una mayor presión policial y más luces azules entrando por las pequeñas ventanas de los edificios de manera intermitente.

Mientras tanto, apenas a decenas de kilómetros de su casa, bajo millones de toneladas de hormigón y acero, en una inmensa habitación iluminada con un brillo verdoso, doce personas en bata blanca rodeaban a una pequeña esfera luminiscente, cuyo contenido se estremecía en una danza de chispazos verdes y azules, en una maraña de capilares plateados interconectados. El cerebro de la Red.

Y por todos los orificios en las paredes que permitían oír su voz, casi humana, un sonido repetido que mantenía a los doce hombres y mujeres retorciéndose compulsivamente las manos unos, pálidos otros.

5 comentarios:

Serch dijo...

Vale, George Orwell xD, me recuerda a 1984, la atmósfera futurista y de dominación absoluta.
Como te decía por la tarde, creo que habría que comenzar a enfocar la hostoria en algún personaje, por ejemplo en 257913, aunque se me haría difícil imaginármelo tratando de ligarse a 290432, la cual tenía unos pechacos respingones... xD
no sé, uno siempre gusta de leer acerca de los sentimientos del protagonista y todo eso, que lo que es la ambientación está inmejorable.
Vamos, capítulo 3.

Elena dijo...

Me ha parecido genial. Un relato (sociológicamente) muy interesante, emocionante, narrativamente muy completo y que, además, no puedes parar de leer.

Eres bueno Iago, muy bueno.

Serch dijo...

:D vamos Iago, la 3ª entrega se hace esperar.
Que sepan nuestros lectores que al menos está al caer xD.

Iago dijo...

Está en ello, dadme un poco de tiempo, q ando liao con los examenes, pero cuando tenga un ratillo la cuelgo. :)(Gracias!!)

Serch dijo...

liao con los exámenes¿?? quién lo diría!! jajaja

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